La tormenta de nieve, de Mijail Bulgakov

A veces como fiera aúlla, a veces como niño llora.

Toda esta historia comenzó en el momento en que, según las palabras de la omnipresente Axinia, el escribiente Pálchikov, que vivía en Shalométievo, se enamoró de la hija del agrónomo. Era un amor ardiente, que secaba el corazón del pobre hombre. El escribiente fue a Grachovka, la capital del distrito, y encargó un traje. El traje resultó deslumbrante, y es muy probable que las franjas grises de los pantalones del escribiente decidieran el destino de ese desdichado. La hija del agrónomo aceptó convertirse en su esposa.

Yo, el médico del hospital N., de la zona X, de cierta provincia, después de haber amputado la pierna a una muchacha que había caído en la agramadera para el lino, adquirí tal renombre que estuve a punto de perecer bajo el peso de mi fama. A mi consultorio comenzaron a llegar por el camino apisonado hasta cien campesinos al día. Dejé de comer al mediodía. La aritmética es una ciencia cruel, pero supongamos que a cada uno de mis cien pacientes yo dedicara sólo cinco minutos… ¡Cinco! Quinientos minutos equivalen a ocho horas y veinte minutos. Seguidas, tenedlo en cuenta. Además, tenía a mi cargo el hospital, donde estaban internados treinta pacientes. Y además, realizaba operaciones.

En una palabra, al regresar del hospital a las nueve de la noche, yo no quería ni comer, ni beber, ni dormir. Lo único que verdaderamente deseaba es que no viniera nadie a llamarme para atender un parto. En el transcurso de dos semanas me llevaron cinco veces a diversos sitios por la noche, siguiendo los caminos trazados por los trineos.

En mis ojos apareció una oscura humedad y sobre el entrecejo pendía una arruga vertical, parecida a un gusano. Por las noches veía, en mis sueños, operaciones sin éxito, costillas desnudas y mis propias manos empapadas en sangre humana; me despertaba pegajoso y frío a pesar de la caliente estufa holandesa.

Visitaba a los pacientes del hospital con paso rápido. Me seguían el enfermero y tres enfermeras. Cada vez que me detenía junto a una cama en la cual, derritiéndose por la fiebre y respirando lastimeramente, yacía enfermo un ser humano, yo exprimía mi cerebro para sacar todo lo que había en él. Mis dedos tanteaban la piel seca y ardiente, examinaba las pupilas, daba golpecitos en las costillas, escuchaba cuán misteriosamente latía el corazón en lo profundo, y tenía un solo pensamiento: ¿cómo salvarle? Y a este también. ¡Y a éste! ¡A todos!

Era un combate que comenzaba cada día por la mañana, a la pálida luz de la nieve, y terminaba bajo el parpadeo amarillento de una ardiente lámpara de petróleo.

«Me interesaría saber cómo terminará todo esto —me decía a mí mismo por la noche—. Si las cosas continúan así, seguirán viniendo en trineo en enero, en febrero y en marzo.»

Escribí a Grachovka y les recordé con cortesía que estaba previsto un segundo médico para la zona de N.

La carta se marchó en un trineo de carga y a través del liso océano de nieve recorrió una distancia de cuarenta verstas. Tres días más tarde llegó la respuesta: escribían que sí, que por supuesto, por supuesto… Con toda seguridad… Pero no ahora…, de momento nadie vendría. La carta terminaba con unos cuantos juicios agradables sobre mi labor como médico, y deseos de futuros éxitos.

Alentado por ellos me dediqué a poner tapones, inyectar suero contra la difteria, abrir abscesos de dimensiones monstruosas, poner vendas de yeso…

El martes ya no fueron cien sino ciento diez personas las que llegaron. Terminé la consulta a las nueve de la noche. Me quedé dormido tratando de adivinar cuántos vendrían al día siguiente, miércoles. Soñé que venían novecientas personas.

La mañana se asomó por la pequeña ventana de mi dormitorio de una manera particularmente blanca. Abrí los ojos, sin comprender qué me había despertado. Luego me di cuenta: llamaban a la puerta.

—Doctor —reconocí la voz de la comadrona Pelagueia Ivánovna—, ¿está usted despierto?

—Hmm… —contesté con voz hosca, aún medio dormido.

—He venido a decirle que no se apresure a ir al hospital. No han venido más que dos personas.

—¡No es posible! ¿Está bromeando?

—Palabra de honor. Hay tormenta de nieve, doctor, tormenta de nieve —repitió ella con alegría a través de la cerradura—. Los que han venido tienen los dientes con caries. Demián Lukich se los extraerá.

—Vaya… —Y sin saber por qué, me levanté de la cama.

La jornada resultó magnífica. Después de hacer las visitas, estuve paseando el día entero por mi apartamento (el apartamento del médico tenía seis habitaciones y, por alguna razón, era de dos plantas: había tres habitaciones en la planta de arriba y la cocina y tres habitaciones más en la de abajo), silbando melodías de óperas, fumando, tamborileando con los dedos en la ventana… Detrás de las ventanas ocurría algo que yo no había visto en mi vida. No había cielo. Tampoco tierra. La blancura revoloteaba, daba vueltas de arriba abajo, a lo ancho, a lo largo, como si el diablo se estuviera divirtiendo con polvo para los dientes.

Al mediodía di a Axinia —que desempeñaba los puestos de cocinera y sirvienta en el apartamento del doctor— la orden de calentar agua en tres baldes y en el caldero. Hacía un mes que no me había bañado.

Axinia y yo sacamos de la bodega una tina de un tamaño increíble. La colocamos en el suelo de la cocina (en N. no se podía siquiera pensar en tener bañeras. Sólo las había en el hospital, pero estaban deterioradas).

A eso de las dos de la tarde la red giratoria que había en el exterior disminuyó notablemente. Yo estaba sentado en la tina, desnudo y con la cabeza enjabonada.

—¡Esto sí lo entiendo… —farfullaba con deleite, mientras me echaba agua hirviente sobre la espalda—, esto sí lo entiendo! Y después comeremos, y después dormiremos una siesta. Si logro descansar suficiente, ya pueden venir mañana ciento cincuenta personas. ¿Qué novedades hay, Axinia?

Axinia se encontraba sentada detrás de la puerta, esperando que la operación del baño concluyera.

—El escribiente de la hacienda Shalométievo se casa —contestó Axinia.

—¡Qué dice! ¿Ha aceptado la joven?

—Se lo juro. Y él está enamorado… —cantó Axinia, haciendo sonar la vajilla.

—¿Es hermosa la novia?

—¡La más hermosa! Es rubia, delgada…

—¡Vaya!

Y en ese momento la puerta retumbó. Disgustado, me enjuagué y me puse a escuchar con atención.

—El doctor se está bañando… —dijo con voz cantarina Axinia.

—Brr… brrr… —farfulló una voz de bajo.

—Una nota para usted, doctor —chilló Axinia a través de la cerradura de la puerta.

—Dámela por la puerta.

Salí de la tina encogiéndome de hombros e indignándome contra el destino, y cogí de manos de Axinia un sobre grisáceo.

—Eso sí que no. No saldré después de haber tomado un baño. También yo soy una persona —me dije a mí mismo no demasiado convencido, y una vez de nuevo en la tina abrí el sobre.

«Respetado colega (gran signo de admiración.) Le rué (tachado) Le pido encarecidamente que venga con urgencia. Una mujer ha sufrido un golpe en la cabeza y hay hemorragia por las cavidades (tachado) la nariz y la boca. Está sin conocimiento. No he conseguido hacer nada. Le pido persuasivamente que venga. Los caballos son magníficos. El pulso es malo. Hay alcanfor. Doctor (una firma ilegible).»

«Tengo mala suerte en la vida», pensé con tristeza, mientras miraba los ardientes leños de la estufa.

—¿Un hombre ha traído la nota?

—Un hombre.

—Que entre.

Entró y me pareció un antiguo romano debido al brillante casco que llevaba colocado encima de un gorro con orejeras. Se abrigaba con una pelliza de piel de lobo. Una corriente de aire frío me golpeó.

—¿Por qué lleva casco? —pregunté, cubriendo mi cuerpo a medio bañar con una sábana.

—Soy un bombero de Shalométievo. Tenemos un cuerpo de bomberos… —contestó el romano.

—¿Quién es el doctor que escribe?

—Uno que ha venido como invitado a casa de nuestro agrónomo. Un médico joven. Lo que ha pasado es una desgracia, una desgracia…

—¿De qué mujer se trata?

—De la novia del escribiente.

Axinia dio un grito al otro lado de la puerta.

—¿Qué ha ocurrido? (Oí cómo el cuerpo de Axinia se pegaba a la puerta.)

—Ayer se celebraron los esponsales y después de eso el escribiente quiso pasear con su novia en trineo. Enganchó el caballo, la sentó en el trineo y se dirigió hacia el portón. Pero el caballo se lanzó al galope, hizo que la novia se sacudiera y se golpeara la frente contra la jamba del portón. La novia salió despedida del trineo. Es una desgracia tal que no se puede describir… Están vigilando al escribiente, no sea que intente ahorcarse. Ha perdido el juicio.

—Me estoy bañando —dije lastimeramente—, ¿por qué no la han traído? —Y al decir esto me eché agua en la cabeza y el jabón cayó en la bañera.

—Es impensable, respetado ciudadano doctor —dijo el hombre con profundo sentimiento, y juntó las manos como en una plegaria—, no hay ninguna posibilidad. La muchacha moriría.

—¿Y cómo iremos? ¡Hay tormenta de nieve!

—Ya se ha calmado un poco. ¡No! Se ha calmado por completo. Los caballos son fogosos, están enganchados en fila india. En una hora llegaremos…

Gemí con mansedumbre y salí de la tina. Con furia me eché encima dos baldes de agua. Luego, sentado en cuclillas ante las fauces de la estufa, metí una y otra vez la cabeza en ella, para secármela aunque fuera un poco.

«Definitivamente pescaré una pulmonía. Una bronconeumonía, después de un viaje así. Y lo principal: ¿qué voy a hacer con ella? Ese médico, se ve por la nota, tiene aún menos experiencia que yo. Yo no sé nada, solamente he aprendido algunas cosas en la práctica en estos seis meses, pero él ni siquiera eso. Se ve que acaba de salir de la universidad. Y me toma a mí por un médico experimentado…»

Pensando de esta manera, ni siquiera me di cuenta de cómo me vestí. Vestirse no era sencillo: los pantalones y la camisa, las botas de fieltro, sobre la camisa una chaqueta de cuero, luego el abrigo y encima de todo una pelliza de piel de cordero, la gorra y el maletín. (En el maletín: cafeína, alcanfor, morfina, adrenalina, pinzas de torsión, material esterilizado, una jeringuilla, una sonda, un revólver Browning, cigarrillos, cerillas, el reloj y el estetoscopio.)

Cuando atravesamos el cercado, las cosas no me parecieron tan terribles, aunque ya oscurecía y el día se iba disolviendo. La tormenta parecía soplar con menos fuerza. Lo hacía de costado, en una sola dirección, me golpeaba la mejilla derecha. El bombero me impedía ver la grupa del primer caballo. Los caballos resultaron verdaderamente fogosos; sus músculos se tensaron y el trineo se puso en marcha, bamboleándose en los baches. Me acomodé en el trineo y me calenté de inmediato. Pensé en la bronconeumonía y en que era probable que el hueso del cráneo de la muchacha se hubiera roto por dentro y una astilla se le hubiera clavado en el cerebro…

—¿Los caballos son del cuerpo de bomberos? —pregunté a través del cuello de la pelliza de cordero.

—Uhu…, hu… —gruñó el cochero sin volverse.

—¿Y qué ha hecho el doctor con ella?

—Pues él…, hu, hu…, él, sabe, él ha estudiado enfermedades venéreas…, uhu…, hu…

—Hu… hu… —resonó en el bosquecillo la tormenta, luego silbó desde un costado, cayó la nieve…

Comencé a cabecear, a cabecear, a cabecear… hasta que me encontré en los baños Sandunóvskie de Moscú. Y con la pelliza puesta, en el vestidor, me vi envuelto por el vapor. Luego se encendió una antorcha, entró un aire frío. Abrí los ojos y vi que brillaba un casco rojizo. Pensé que se trataba de un incendio… Luego me desperté y me di cuenta de que habíamos llegado. Me encontraba junto a la entrada de un edificio blanco con columnas, por lo visto de la época de Nicolás I.

A mi alrededor había una profunda oscuridad. Me recibieron los bomberos y las llamas bailaban sobre sus cabezas. Inmediatamente saqué del bolsillo de la pelliza mi reloj y vi que eran las cinco. Significaba que en lugar de una hora habíamos viajado dos y media.

—Prepárenme los caballos para regresar de inmediato —dije.

—A sus órdenes —contestó el cochero.

Medio dormido y húmedo, como si llevara una compresa bajo la chaqueta de cuero, entré en el zaguán. Desde un costado me golpeó la luz de una lámpara cuya franja luminosa se extendía sobre el suelo pintado. En ese momento salió un joven de cabello rubio y grandes ojos, vestido con unos pantalones recién planchados. La corbata blanca con lunares negros estaba torcida hacia un lado, la pechera parecía una joroba, pero su chaqueta estaba reluciente, nueva, como si tuviera pliegues metálicos.

El hombre agitó los brazos, se aferró a mi pelliza, me sacudió y comenzó a gritar con cierta timidez:

—Querido mío… doctor… rápido… se muere. Soy un asesino. —El joven miró hacia un lado, abrió severamente sus negros ojos y dijo dirigiéndose a alguien—: Soy un asesino, eso es lo que soy.

Luego se echó a llorar, se cogió de los escasos cabellos y comenzó a arrancárselos. Yo vi cómo se arrancaba mechones de pelo, enrollándolos entre los dedos.

—Basta —le dije, y le apreté el brazo.

Alguien se lo llevó. Salieron corriendo unas mujeres.

Alguien más me quitó la pelliza. Me condujeron a través de las alfombras de gala hasta una cama blanca. A mi encuentro, se levantó un médico muy joven. Sus ojos estaban agotados y confundidos. Por un instante brilló en ellos el asombro, al ver que yo era tan joven como él. En realidad nos parecíamos como dos retratos de una misma persona, hechos en un mismo año. Pero después se puso tan contento de verme que incluso se atragantó.

—Qué contento estoy… colega… mire… el pulso se debilita, ve usted. Yo en realidad soy venereólogo. Estoy muy contento de que haya venido.

Sobre un trozo de gasa que estaba encima de la mesa había una jeringuilla y unas cuantas ampollas con un aceite amarillo. El llanto del escribiente llegaba desde fuera; cerraron la puerta y una figura de mujer, vestida de blanco, creció a mis espaldas. El dormitorio estaba en penumbra: habían cubierto parte de la lámpara con un retazo de tela verde. En la sombra verdusca, yacía sobre la almohada un rostro del color del papel. Los cabellos rubios, revueltos, colgaban en mechones. La nariz se había afilado y los orificios estaban tapados por trozos de algodón, rosado a causa de la sangre.

—El pulso… —me susurró el médico.

Cogí la muñeca inanimada y con un gesto ya habitual busqué el pulso. Me estremecí. Bajo mis dedos sentí pulsaciones débiles y seguidas que comenzaron a quebrarse, a convertirse en un hilillo. Como siempre que veía la muerte cara a cara, sentí frío en la parte baja del pecho. Odio la muerte. Tuve tiempo de romper el extremo de la ampolla y de absorber con la jeringuilla el espeso aceite. Pero lo inyecté de una manera maquinal, lo introduje inútilmente bajo la piel del brazo de la muchacha.

Su mandíbula inferior se estremeció, como si se estuviera ahogando, luego se relajó; su cuerpo se contrajo bajo la manta, pareció quedarse inmóvil, y luego también se relajó. El último hilillo se perdió entre mis dedos.

—Ha muerto —le dije al oído al médico.

La figura blanca de cabello cano se desplomó sobre la lisa manta, se apretó contra ella y se estremeció.

—Calle, calle —le dije al oído a aquella mujer vestida de blanco, mientras el médico miraba con angustia hacia la puerta.

—No ha dejado de torturarme —dijo en voz muy baja el médico.

Hicimos lo siguiente: dejamos a la sollozante madre en el dormitorio y, sin decir nada a nadie, nos llevamos al escribiente a una habitación alejada.

Allí le dije:

—Si no se deja inyectar una medicina, no podremos hacer nada. ¡Usted nos atormenta y eso estorba nuestro trabajo!

Entonces el escribiente aceptó. Llorando en silencio se quitó la chaqueta. Le subimos la manga de su elegante camisa de novio y le inyecté morfina. El médico fue a ver a la difunta, supuestamente para ayudarla, y yo me quedé con el escribiente. La morfina ayudó más rápido de lo que me había imaginado. Un cuarto de hora más tarde, el escribiente, quejándose y llorando cada vez más débilmente, comenzó a adormecerse; luego, colocó su lloroso rostro sobre las manos y se quedó dormido. Ya no oyó los ajetreos, los llantos, los murmullos y los ahogados lamentos.

—Escúcheme, colega, es peligroso viajar ahora. Podría extraviarse —me decía el médico, en voz muy baja, en el recibidor—. Quédese, pase la noche aquí.

—No, no puedo. Me marcharé pase lo que pase. Me habían prometido que me llevarían de regreso inmediatamente.

—Le llevarán, pero considérelo.

—Tengo tres enfermos de tifus a los que no puedo abandonar. Debo verlos por la noche.

—Considérelo.

El médico mezcló alcohol con agua y me lo dio a beber; y allí mismo, en el recibidor, me comí un trozo de jamón. Sentí calor en el estómago y disminuyó mi tristeza. Entré por última vez en el dormitorio, miré a la difunta, pasé a ver al escribiente, dejé una ampolla de morfina al médico y, bien abrigado, salí al porche.

La tormenta silbaba, los caballos habían bajado la cabeza, la nieve les azotaba. Una antorcha se agitaba.

—¿Conoce usted el camino? —pregunté, cubriéndome la boca.

—Conozco el camino —contestó muy tristemente el cochero (ya no llevaba el casco)—, pero debería quedarse a pasar la noche aquí.

Hasta las orejeras de su gorro dejaban ver que no tenía ningunas ganas de llevarme.

—Debe quedarse —añadió un segundo hombre, el que sujetaba la encolerizada antorcha—, el tiempo es muy malo.

—Son doce verstas —gruñí sombríamente—, llegaremos. Tengo enfermos graves. —Y me subí al trineo.

Me arrepiento de no haber añadido que el solo pensamiento de quedarme en una casa donde había sucedido una desgracia, y donde yo era impotente e inútil, me resultaba insoportable.

El cochero se dejó caer resignadamente en el pescante, se acomodó, se balanceó y nos pusimos en marcha hacia el portón. La antorcha desapareció como si se la hubiera tragado la tierra o, quizá, simplemente se apagó. Sin embargo, un minuto más tarde otra cosa llamaba mi atención. Volviéndome con dificultad pude observar que no sólo la antorcha se había desvanecido, sino que Shalométievo entero había desaparecido con todos sus edificios, como en un sueño. Esto me mortificó de manera desagradable.

—Sin embargo es fantástico. —No sé si lo pensé o lo mascullé. Saqué un instante la nariz y la escondí nuevamente, tan malo era el tiempo. El mundo entero se había hecho un ovillo y estaba siendo zarandeado en todas direcciones.

Un pensamiento atravesó mi mente: ¿no sería mejor volver? Pero lo ahuyenté, me acomodé más profundamente aún en el trineo, como si estuviera en una canoa, me encogí y cerré los ojos. De inmediato emergió el retazo de tela verde sobre la lámpara y el rostro pálido. De pronto mi cerebro se iluminó: «Debe haber sido una fractura de la base del cráneo… Sí, sí, sí… ¡Sí!… Justamente eso!». Se encendió en mí la confianza de que ése era el diagnóstico correcto. Pero ¿para qué servía? En ese momento ya no servía para nada y antes tampoco hubiera servido. ¡Qué se puede hacer con una cosa así! ¡Qué destino tan terrible! ¡Qué absurdo y tremendo es vivir en el mundo! ¿Qué ocurrirá ahora en casa del agrónomo? ¡Sólo pensarlo era desagradable y angustioso! Luego comencé a compadecerme: qué difícil era mi vida. La gente en estos momentos duerme, las estufas están encendidas y yo, una vez más, no he podido siquiera terminar de bañarme. La borrasca me lleva como si fuera una hoja. Ahora llegaré a casa y, con toda seguridad, me llevarán de nuevo a algún sitio. Yo soy uno, y los enfermos son miles… Pescaré una pulmonía y moriré en estos lugares… Así, después de haberme compadecido de mí mismo, me sumergí en las tinieblas, pero ignoro cuánto tiempo pasé en ellas. Esta vez no fui a dar a baños, y comencé a sentir frío. Cada vez más frío, cada vez más.

Cuando abrí los ojos, vi una espalda negra y después caí en la cuenta de que no nos movíamos.

—¿Hemos llegado? —pregunté abriendo más los ojos.

El negro cochero se movió apesadumbrado. Bajó del pescante y me pareció que el viento le hacía girar en todas direcciones. De pronto, sin el menor respeto dijo:

—Hemos llegado… Hemos llegado… Debió haber hecho caso a la gente. ¡Ya lo ve! Nos moriremos nosotros y los caballos también…

—¿No encuentra el camino? —Sentí frío en la espalda.

—De qué camino habla —respondió el cochero con voz desolada—… ahora todo el ancho mundo es un camino para nosotros. Nos hemos perdido por nada… Llevamos viajando cuatro horas, ¿y adónde? Ya ve lo que nos ha pasado…

Cuatro horas. Comencé a hurgar en mis bolsillos, palpé mi reloj y saqué las cerillas. ¿Para qué? Fue inútil, ni una sola cerilla se encendió. Al frotarla se inflama, pero inmediatamente se apaga el fuego.

—Le he dicho que son cuatro horas —dijo con aire fúnebre el hombre—, ¿qué haremos ahora?

—¿En dónde nos encontramos?

La pregunta era tan tonta que el cochero no juzgó necesario responderla. Se volvía en distintas direcciones, pero por momentos me parecía que él se encontraba inmóvil y era yo quien daba vueltas en el trineo. Salí con dificultad y enseguida descubrí que la nieve me llegaba hasta las rodillas. El caballo de atrás estaba hundido hasta el vientre en un montón de nieve. Sus crines colgaban como el cabello de una mujer con la cabeza descubierta.

—¿Se han parado ellos solos?

—Sí. Están agotados…

De pronto me acordé de algunos relatos y, por alguna razón, sentí rabia contra Tolstoi.

«Él vivía muy tranquilo en Yásnaia Poliana —pensé—, a él no le llevaban a visitar moribundos…»

Tuve lástima del bombero y de mí. Luego sentí de nuevo una llamarada de miedo salvaje, pero la apagué en mi pecho.

—Eso es cobardía… —murmuré entre dientes.

Y una energía impetuosa apareció en mí.

—Mire, buen hombre —comencé a decir, sintiendo que los dientes me castañeteaban—, no debemos desalentarnos, porque nos perderemos, nos perderemos irremediablemente. Los caballos han estado parados y han descansado un poco; debemos seguir adelante. Camine usted y lleve las riendas del caballo delantero. Yo conduciré el trineo. Tenemos que salir de aquí o nos sepultará la nieve.

Las orejeras de su gorra tenían un aspecto desesperado, pero el cochero, de todas formas, se arrastró hacia adelante. Cojeando y hundiéndose en la nieve logró llegar hasta el primer caballo. Nuestra salida de allí me pareció infinitamente larga. La figura del cochero se desvanecía, mientras la nieve seca de la tormenta me golpeaba en los ojos.

—Arre —gimió el cochero.

—¡Arre! ¡Arre! —grité yo, haciendo restallar las riendas.

Poco a poco los caballos se pusieron en movimiento y comenzaron a patalear en la nieve. El trineo se balanceaba, como si estuviera sobre una ola. El cochero a veces crecía, a veces se empequeñecía: caminaba hacia adelante.

Aproximadamente durante un cuarto de hora nos movimos de esa manera, hasta que por fin sentí que el trineo crujía de una manera más regular. La alegría brotó en mí cuando vi cómo aparecían y desaparecían los cascos traseros de los caballos.

—¡Hay poca profundidad, es el camino! —grité.

—Uhu… hu… —respondió el cochero, que vino cojeando hacia mí y recuperó su estatura normal—. Parece que sí es el camino —añadió con alegría, incluso con una especie de trino en la voz—. Mientras no nos volvamos a perder… Ojalá…

Cambiamos de lugar. Los caballos marcharon con mayor viveza. Me pareció que la tormenta, como si se hubiera reducido, comenzó a debilitarse. Pero arriba y a los lados no había nada, nada, excepto la niebla. Había perdido la esperanza de llegar precisamente al hospital. Quería llegar a algún sitio. Un camino siempre conduce a algún sitio habitado.

Los caballos de pronto tiraron con más fuerza y movieron sus patas con mayor rapidez. Me alegré, aun sin conocer la causa de su conducta.

—¿Quizá han olfateado una vivienda? —pregunté.

El cochero no me contestó. Me levanté en el trineo y comencé a observar a mi alrededor. Un sonido extraño, melancólico y amenazador surgió de algún lugar de la niebla, pero se apagó rápidamente. Por alguna razón tuve una sensación desagradable y me acordé del escribiente y de cómo emitía gemidos agudos con la cabeza entre las manos. De pronto a mi derecha distinguí un punto oscuro que fue creciendo hasta tener el tamaño de un gato negro. Creció aún más y se acercó. El bombero de pronto se volvió hacia mí y cuando lo hizo me di cuenta de que su mandíbula temblaba, preguntó:

—¿Ha visto, ciudadano doctor?

Un caballo se dirigió a la derecha, otro a la izquierda, el bombero cayó encima de mis piernas, lanzó un grito, se enderezó y comenzó a tirar de las riendas. Los caballos resoplaron y se desbocaron. Con sus patas levantaban bolas de nieve, las arrojaban, galopaban irregularmente, temblaban.

Varias veces sentí un escalofrío que me recorría el cuerpo. Dominándome, metí la mano en mi pecho y saqué la Browning, maldiciéndome por haber dejado en casa el segundo cargador. Si no había aceptado quedarme a dormir, ¡¿por qué no había cogido una antorcha?! Imaginé la esquela en el periódico, con mi nombre y el del desdichado bombero.

El gato adquirió el tamaño de un perro y se deslizaba relativamente cerca del trineo. Me volví y vi, ya muy cerca de nosotros, una segunda alimaña de cuatro patas. Puedo jurar que tenía las orejas puntiagudas y que corría con enorme facilidad detrás del trineo. Había algo amenazador y descarado en sus esfuerzos. «¿Es una manada o son sólo dos animales?», pensé, y ante la palabra «manada» el calor me inundó debajo de la pelliza y los dedos de mis manos se desentumecieron.

—Sujétate con fuerza y controla los caballos, voy a disparar —dije con una voz ajena, desconocida para mí.

El cochero sólo dio un grito en respuesta y encogió la cabeza entre los hombros. Vi un resplandor y oí un estrépito ensordecedor. Disparé una segunda y una tercera vez. No recuerdo cuánto tiempo fui zarandeado en el fondo del trineo. Oía el salvaje y estridente resoplido de los caballos y apretaba la Browning. Mi cabeza se golpeó contra algo cuando intentaba salir del heno y, mortalmente asustado, pensaba que de un momento a otro se me echaría encima un cuerpo enorme y musculoso. Ya me imaginaba mis entrañas destrozadas.

En ese momento el cochero gritó:

—¡Por fin! ¡Por fin! Allí está…, allí… Señor, sálvanos, sálvanos…

Por fin conseguí librarme de la pesada pelliza de piel de cordero, saqué los brazos, me levanté. No había fieras negras por ningún lado. La nieve caía y en medio de aquella rala cortina centelleaba el ojo más encantador, ese que yo hubiera reconocido entre miles, y que reconocería aun ahora: centelleaba el farol de mi hospital. «Es mucho más hermoso que un palacio», pensé, y de pronto, en éxtasis, disparé dos veces más hacia atrás, hacia el lugar donde habían desaparecido los lobos.

* * *

El bombero estaba de pie en mitad de la escalera que partía de la parte baja del magnífico apartamento del médico, yo me encontraba en la parte alta de esa escalera y Axinia, cubierta por una pelliza, abajo.

—Agasájeme —dijo el cochero—, para que la próxima vez… —Pero no terminó de hablar, bebió de un trago el alcohol mezclado con agua y lanzó un horrible graznido. Luego se volvió hacia Axinia y añadió, abriendo los brazos todo cuanto le permitía su constitución—: ¡De este tamaño!

—¿Ha muerto? ¿No han podido salvarla? —me preguntó Axinia.

—Ha muerto —respondí con indiferencia.

Un cuarto de hora más tarde todo estaba en silencio. La luz se apagó en la parte baja. Me quedé solo arriba. Por alguna razón sonreí convulsivamente, me desabotoné la camisa, la volví a abotonar, me dirigí hacia la estantería de los libros, saqué un tomo de cirugía con la intención de leer algo acerca de las fracturas en la base del cráneo, pero dejé el libro.

Cuando me desvestí y me metí debajo de las mantas, un temblor se apoderó de mí durante más de medio minuto y luego desapareció; el calor se extendió por todo mi cuerpo.

—Agasájeme —balbuceé mientras me quedaba dormido—, pero no volveré a ir…

—Irás, claro que irás… —silbó burlonamente la tormenta. Pasó con estruendo sobre el tejado, cantó en el tubo de la chimenea, salió volando de allí, murmuró algo detrás de la ventana y luego desapareció.

—Irás… Irás… —marcaba el reloj, pero los sonidos eran cada vez más apagados, más apagados…

Nada más. El silencio. El sueño.