Dos pájaros azules, de D. H. Lawrence

Érase una mujer que amaba a su marido, pero que no podía vivir con él. El marido, por su parte, sentía gran apego hacia su mujer, pero tampoco podía vivir con ella. Los dos frisaban en los cuarenta, los dos eran guapos, los dos simpáticos. Se guardaban los mayores miramientos, y tenían una idea muy extraña de la eternidad de su matrimonio. Se conocían y se sentían conocidos ambos, entre sí, mejor que por cualquier otra persona.

Y, con todo, no podían vivir juntos. Por lo general, se mantenían a mil leguas de distancia, geográficamente. Pero a él, entre nieblas inglesas, con cierta fidelidad inflexible, se le representaba su mujer deseosa siempre de ser fiel y leal, mientras gozaba sus aventuras, lejos, bajo el sol del sur.

Y ella, en el momento de beber su cocktail en la terraza, sobre el mar, cuando volvía sus ojos verdes y burlones hacia el rostro fuerte y moreno de su amante —a quien quería mucho, naturalmente—, recordaba inquieta los rasgos precisos de su marido, joven y guapo, pensaba que estaría pidiendo a su secretaria que le hiciese algún trabajo; pidiéndoselo con la voz confiada, de buena persona, de quien sabe de sobra que sus en cargos serán cumplidos con el mejor deseo. La secretaria, sin duda, lo adoraba. Era muy competente, muy joven y de muy buen aspecto. Lo adoraba. Pero eso le había pasado a él siempre con todos sus servidores, sobre todo con las criadas. Los criados, probablemente, lo estafaban.

Cuando un hombre tiene una secretaria que lo adora, y usted es la mujer de ese hombre, ¿qué hace usted? Y no es que pasara nada malo entre ellos—¡entendámonos!—, nada que oliese a adulterio, hablando en plata. No, no; nada de eso. Eran simplemente el joven señor y su secretaria. Él le dictaba a ella; ella era su esclava y lo adoraba, y todo marchaba deliciosamente. Él no la adoraba. Un hombre no tiene necesidad de adorar a su secretaria. Pero dependía de ella. «Yo me limito a confiar en la señorita Wrexall». En cambio, nunca podría confiar en su mujer, y lo cierto es que a ella le traía sin cuidado que confiase.

Seguían, pues, siendo amigos, en la intimidad tremenda, indecible, de quienes han estado casados. Tenían la costumbre de hacer juntos, todos los años, una excursión; y de no haber sido marido y mujer, habrían encontrado grata y sugestiva esta compañía. El estar casados, el haberlo estado durante doce años, y el no poder vivir juntos en los tres o cuatro últimos, lo estropeaba todo. Los dos sentían entonces un íntimo disgusto.

Sin embargo, eran muy afectuosos. Él, la generosidad misma, profesaba a su mujer una estima sincera y tierna, sin preocuparse de las aventuras amorosas a que ella pudiera lanzarse. Estas aventuras formaban parte de su afán de modernidad.

—Después de todo, necesito vivir. ¡No voy a convertirme en estatua de sal en cinco minutos, tan sólo porque tú y yo no podamos vivir juntos! Hacen falta muchos años para que una mujer como yo se convierta en un bloque de sal. Yo, al menos, así lo espero.

—De acuerdo —replicó él—. De acuerdo. Procura por todos los medios ponerlos a encurtir, mételos en vinagre antes de que tú cristalices. Éste es mi parecer.

Siempre era así: ocurrente y enigmático. Ella podía comprender, más o menos, los pepinos encurtidos, pero ¿qué podría ser lo de «cristalización»?

¿Querría decir que él mismo estaba bien encurtido, y que una nueva inmersión le era innecesaria, que echaría a perder su sabor? ¿Era eso lo que quería decir? Y, entonces, ¿era ella la sal y el valle de lágrimas?

Ustedes no saben cuán murmurador era, cuando estaba de veras ocurrente y enigmático, con ribetes de cínico.

¡Era adorablemente cínico cuando torcía su boca, flexible y presuntuosa; su boca, cuyo labio superior, muy largo, estaba tan cargado de vanidad! Pero ¿cómo no había de ser vanidoso un hombre así: joven, guapo, de buena figura, teatral? Las mujeres le hacían serlo.

¡Ah, las mujeres! ¡Con lo deliciosos que serían los hombres si no existieran otras mujeres!

¡Y qué simpáticas serían las mujeres si no existieran otros hombres! He aquí la ventaja de una secretaria. Claro que puede estar casada; pero un marido es un monigote humano, comparado con un patrón, con un jefe, con un hombre que te dicta y cuyas palabras tienes que anotar religiosamente para transcribirlas luego. ¡Imagínense a una mujer tomando notas de algo que le dijese su marido! En cambio, una secretaria retiene para siempre todas las y, todos los pero. ¿Qué son, comparados con esto, los caramelos de violeta?

Ahora bien, parece natural tener aventuras galantes bajo el sol del sur, cuando sabes que un marido a quien adoras está dictando a una secretaria. Son demasiado desdeñosos para odiarla, más bien la desprecian, aun reconociéndole algunas buenas cualidades. Y esto allá en el norte, en el sitio que deberías considerar como hogar. Pero una aventura amorosa no está muy indicada si se les metió una arenita en un ojo, o en el fondo del alma.

¿Qué se le va a hacer? El marido, desde luego, no fue quien la puso en la calle.

—Tú tienes tu secretaria y tus ocupaciones—dijo ella—. No hay sitio para mí.

—Hay un dormitorio y una sala exclusivamente para ti —replicó él—. Además hay un jardín y medio automóvil. Pero haz en absoluto lo que gustes, lo que te parezca mejor.

—En ese caso —dijo ella—, me iré al sur a pasar el invierno.

—Si hazlo —dijo él—. Eso te gusta siempre.

—Sí, siempre —replicó ella.

Se separaron implacables, como escondiendo una viva inquietud. Ella volvió a sus aventuras amorosas y él se puso a trabajar. Aseguraba odiar el trabajo, pero jamás hizo otra cosa. Diez u once horas diarias. ¡Fruto de ser amo de sí mismo!

Así pasó el invierno y llegó la primavera, cuando las golondrinas vuelan hacia su país; hacia el norte, en nuestro caso. Este invierno, aunque parecido a los anteriores, se había hecho más difícil de soportar. Cuanto más pestañeaba la frívola dama, más adentro sentía en su ojo la arenita, y, no logrando expulsarla, pestañeaba con todas sus fuerzas, distraída de los rostros morenos y del centelleo de los cocktails helados. Bajo las aromadas flores de la mimosa, pensaba en su marido, en su biblioteca, en aquella secretaria menuda, pulcra, inteligente, pero vulgar, siempre tomando nota de lo que él decía.

—¡Yo no sé cómo un hombre puede soportarlo! ¡Ni cómo puede soportarlo ella, por muy vulgar que sea! —se decía la mujer.

Aludía al dictado permanente, a aquellas diez horas diarias de comunicación, a deux, tan sólo con un lápiz entre los dos… y un torrente de palabras.

¿Qué se le iba a hacer? Las cosas, en vez de mejorar, habían empeorado. La pequeña secretaria había metido en casa a su madre y a su hermana. La madre era una especie de cocinera y ama de llaves; la hermana, algo así como primera doncella: lavaba la ropa fina, cuidaba de sus vestidos y le servía maravillosamente. La madre era una cocinera magnífica, sin pretensiones; la hermana, cuanto se podía desear como valet-de-chambre: lavando ropa fina, sirviendo a la mesa, etc. Y todo con una gran economía. ¡Tomaban tan a pecho sus asuntos! Su secretaria volaba a la ciudad cuando un acreedor se ponía molesto, y siempre resolvía la crisis económica.

«Él», claro está, tenía deudas, y trabajaba para desquitarse. Y le hubiera sido más fácil convertirse en príncipe encantado y poder llamar a las hormigas en su ayuda, que recompensar a la secretaria y a su familia, pues apenas si aceptaban el salario. Y parecían realizar diariamente el milagro de los panes y los peces.

«Ella», por supuesto, la mujer que amaba a su marido, le ayudaba a endeudarse, y era una partida bastante considerable. Sin embargo, cuando aparecía por su hogar, la familia secretarial la recibía con las más exquisitas atenciones y deferencias. Un caballero al regresar de las cruzadas no causaba tanto alboroto. Se sentía como la reina Isabel en Kenilworth, una soberana visitando a sus leales súbditos, pero quizás llevaba siempre esta espinita hincada en el pecho: «¡Qué contentos se pondrán al quedar libres de mí otra vez!».

Pero ellos protestaban: ¡No! ¡No! Habían estado aguardando, esperando, rogando que viniese. Siempre habían deseado que ella estuviera allí, en su puesto: la señora: «su» mujer. ¡Ah, «su» mujer!

¡«Su» mujer! La aureola le pesaba en la cabeza como un cubo.

La madre cocinera era «del pueblo», y por esto fue la hija, primera doncella, quien vino a recibir órdenes:

—¿Qué manda usted para el almuerzo y la cena de mañana, señora Gee?

—Veamos. ¿Qué suelen ustedes tomar?

—¡Oh! Ha de ser usted quien lo diga.

—No. Diga usted lo que suelen tomar.

—No tenemos nada fijo. Mi mamá va a la compra y elige lo que mejor le parece, bueno y fresco. Pero ha pensado si ahora querría usted decir lo que se ha de comprar.

—¡Yo qué sé! No estoy muy enterada de esas cosas. Dígale que siga haciendo lo mismo. Estoy segura de que lo entenderá mejor que yo.

—¿No le gusta algo de postre?

—No, no me gustan los postres, y al señor Gee tampoco; ya lo sabe usted. Así es que no lo hagan por mí.

¿Podía darse nada más insoportable? Tenían la casa limpísima, funcionaba todo como en sueños. ¿Cómo podría atreverse a intervenir una mujer inepta y extravagante, cuando veía su economía sorprendente, casi sobrenatural? Además: ¡realizaban su faena sin recibir nada! Eran unas gentes sencillamente admirables. ¡Y qué modo de festejarla! Pero todo aquello servía únicamente para hacerla sentirse en ridículo.

—¿No te parece que la familia se porta muy bien? —preguntó él, a modo de tanteo.

—¡Estupendamente bien! ¡Una maravilla! —respondió ella—. Supongo que serás completamente feliz.

—Me encuentro muy a gusto —respondió él.

—Ya, ya lo veo —replicó ella—. ¡Es fantástico! Yo jamás conocí tantas comodidades. ¿Estás seguro de que no te perjudicarán?

Le miraba a hurtadillas. Poseía una gallarda figura, y su actitud teatral le iba muy bien. Pulcramente vestido y atusado, ofrecía ese aire de desdeñoso aplomo y de buen humor que tan bien sienta al hombre, y que sólo adquiere cuando domina y es admirado por las mujeres que le rodean.

—¡No! —dijo quitándose la pipa de la boca y sonriendo a su mujer de un modo extraño—. ¿Tengo yo aspecto de que me sienten mal?

–No, no lo tienes –se apresuró ella a replicar, pensando, como es de suponer que piense toda mujer moderna, en la salud y bienestar de su marido; fundamento, según parece, de toda felicidad.

Pero al cabo de un rato volvió a insistir.

—Acaso para tus trabajos no sean tan buenas como para ti —dijo, bajando la voz.

De sobra sabía que no le soportaba jamás burlas a costa de su trabajo. Y él conocía también aquel descenso de su voz.

—¿Por qué lo dices? —preguntó él, poniéndose en guardia.

Pchs, qué sé yo —respondió ella, indiferente—. Tal vez para el trabajo de un hombre no convenga una comodidad excesiva.

—No entiendo eso —dijo él, dando vueltas, dramáticamente, a la biblioteca y chupando su pipa—. Ten en cuenta que trabajo en la actualidad doce horas diarias, diez cuando menos, y piensa si tienes derecho a decir que me estropea el exceso de comodidades.

—No, creo que no —asintió ella.

Y, a pesar de todo, lo pensaba. Su bienestar consistía, no tanto en una buena comida y en una cama blanda, como en no tener a nadie, absolutamente a nadie, que le llevase la contraria. «¡Cómo me gusta pensar que nada le molesta!» había dicho la secretaria a la mujer.

«¡Nada que le moleste!» ¡Vaya una posición para un hombre! Alentado por mujeres dispuestas a impedir que nada le moleste. ¡Si algo pudiese irritar su vanidad herida, sería esto!

Así pensaba la mujer. Pero ¿qué hacer, frente a todo aquello? En el silencio de la media noche oía su voz que dictaba a lo lejos, como la voz de Dios a Samuel, sola y monótona, y se imaginaba la figurita de la secretaria, escribiendo afanosamente sus garabatos taquigráficos. Luego, en las soleadas horas mañaneras, mientras él estaba aún en la cama —nunca se levantaba antes de las doce—, llegaba de otra lejanía el sonido seco de la máquina, como el de un insecto, como el de un inmenso saltamontes chirriante y abrumador. Era la secretaria, pobrecilla, que ponía en limpio sus notas.

Aquella muchacha —tenía solamente veintiocho años— se sacrificaba realmente en cuerpo y alma. Era menuda y linda, pero estaba agotada. Trabajaba mucho más que él, pues no sólo tenía que tomar nota de todas aquellas palabras que él decía, sino además ponerlas a maquina y sacar tres copias, mientras él descansaba.

«¡Yo no sé qué diablos consigue con esto!», pensaba la mujer. «Está totalmente agotada: a cambio de un salario miserable, y además ni él la habrá besado ni la besará, o yo no le conozco.»

La mujer no decidió si era mejor o peor que no la besara nunca —a la secretaria, claro—. Él nunca besaba a nadie. Ni tampoco estaba suficientemente claro que ella —la mujer— sintiera necesidad de los besos suyos. Más bien se inclinaba a pensar que no. Pero entonces, ¿qué es lo que quería? Era su mujer. ¿Qué podía pedirle?

Ciertamente no deseaba taquigrafiar todas aquellas palabras y escribirlas a máquina, de nuevo. Y, en realidad, tampoco le importaba que la besase. Le conocía demasiado. Y si conoces a un hombre demasiado, no sientes necesidad de sus besos.

Y entonces, ¿qué? ¿Qué le faltaba? ¿Por qué estar siempre pendiente de él? ¿Porque era su mujer? ¿Cómo se divertía con otros hombres —y se enfrascaba en el goce— sin tomarlos nunca en serio? ¿Y por qué había de tomar a su marido tan endiabladamente en serio, si en realidad no gozaba jamás con él?

Sin duda había gozado, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Antes de todas aquellas cosas que, en último término, nada significaban. Y, ahora, hasta le molestaba su presencia. Había entre ellos una tensión silenciosa y perenne, jamás rota, aunque los separasen mil leguas de distancia.

¡Tremendo! ¡Y a esto llaman estar casados! ¿Qué hacer? ¡Ridículo, horrible, verlo todo tan claro y no poder arreglarlo!

Volvió otra vez a su propia casa, y fue allí una especie de superhuésped, aun para su marido. ¡Y la familia de la secretaria consagrándole su vida!

¡Consagrándole su vida! ¡Eso era! ¡Tres mujeres consumiendo sus vidas para él, día y noche! ¿Y qué recibían a cambio? ¡Ni siquiera un beso! Muy poco dinero, pues conocían muy bien todas sus deudas, y la única preocupación que tenían era verlas liquidadas. ¡Sin esperanzas! ¡Doce horas diarias de trabajo! ¡Relativo aislamiento, porque él no veía a nadie!

Y tras de todo esto, nada. Tal vez cierta sensación de importancia, porque de cuando en cuando veían su nombre y su retrato en los periódicos. Pero ¿habría alguien capaz de creerlo suficiente?

¡Pues nada, lo idolatraban! Parecían sentir una satisfacción honda, como deben sentirla los predestinados. ¡Era extraordinario!

Y, después de todo, si ellas lo hacían, había que dejarlas. Al fin y al cabo eran «del pueblo», bastante vulgares; quizá hubiera por medio algo de sugestión.

Pero era malo para él. Sin duda alguna. Su obra iba haciéndose cada vez más difusa, de calidad más pobre. ¡Y cómo no iba a serlo! El tono del conjunto decrecía, se hacía más chabacano. Desde luego lo perjudicaba.

Por ser su mujer, se creía obligada a intentar algo para salvarlo; pero ¿cómo? ¿Cómo era posible atacar a la familia de la secretaria: idolátrica, maravillosa? Y, sin embargo, le gustaría barrerla, confundirla en el olvido. No cabía duda, le hacían daño, arruinaban su obra, arruinaban su reputación de escritor, arruinaban su vida. Lo aniquilaban con su servilismo.

¡Nada, nada, tenía que acabar con ellas! Pero ¿de qué modo? ¡Con semejante afecto! ¿Y qué podía ella ofrecer en su lugar? ¡Nada de esclavizarse, nada de devoción servil hacia él, ni hacia sus torrentes de palabras! ¡No, por cierto!

Se lo imaginaba una vez más despojado, sin la secretaria y sin su familia, y se estremecía. ¡Si era como meter a un niño desnudo en el cubo de la basura! ¡No, no podía hacerlo!

Pero algo había que hacer; ella bien lo sentía. Casi le daban tentaciones de contraer otra deuda de mil libras y enviarle la factura, o mandar que se la enviaran, como de costumbre.

¡No era bastante! ¡Algo más enérgico!

Algo más enérgico o quizá más suave. Fluctuando entre las dos soluciones, comenzó por no hacer nada. No llegó a decidirse, dejó pasar el tiempo, en espera de la energía suficiente para marcharse una vez más.

¡Y esto en primavera! ¡Qué estupidez volver en primavera! Además, tenía cuarenta años. ¡Mujer estúpida: cumplir los cuarenta!

Caminaba ociosa por el jardín, en la tarde cálida, bajo el alboroto de los pájaros, bajo el cielo encendido. El jardín estaba lleno de flores que a ella le gustaban por su aspecto chillón. Lilas y madreselvas, oxiacantos, tulipanes y anémonas, margaritas de colores. ¡Flores a montones! ¡Coronillas, orlas de no-me-olvides! ¡Qué nombres tan absurdos les habían puesto a las flores! Ella las habría llamado puntos azules, gotas amarillas y adornos blancos. Todo menos sensiblerías.

Hay siempre algo desatinado, un no sé qué de aparatoso y llamativo en la primavera, con sus hojas crecientes y sus coros de doncellas coronadas de flores, si no tienes en tu interior algo que sintonice. Y ella no lo tenía.

¡Cielos! Detrás de los setos oyó una voz, una voz potente, casi teatral. ¡Ay, cielos!… Era él, que dictaba a su secretaria en el jardín. ¡Dios! ¿Es que no había modo de librarse de aquello? Miró en torno: tenía, sin duda, muchas puertas de escape. Pero ¿de qué servía huir? Él continuaría así siempre, siempre. Se acercó lentamente hacia el seto y escuchó.

Su marido estaba dictando un artículo de revista que trataba de la novela moderna. «Lo que le falta a la novela moderna es arquitectura…». ¡Caray, arquitectura! Lo mismo que podía haber dicho: Lo que le falta a la novela moderna es una ballena, o una cucharilla de té, o un diente empastado.

Y la secretaria anotaba, anotaba, anotaba. No, aquello no podía seguir así, no había paciencia que lo tolerase.

Anduvo con precaución a lo largo del seto, como el lobo en su ronda, fuerte y maciza, con su lujoso jersey de seda mostaza y su falda crema plisada. Tenía las piernas largas y bien formadas; sus zapatos eran muy caros.

Dio la vuelta al seto con cautela y miró hacia el césped menudo y sombreado, donde crecían espesas las margaritas. «EL», tumbado en una hamaca de colorines, bajo un castaño de Indias florecido de rosa, vestía de blanco, con una fina camisa amarilla. Su elegante mano se balanceaba junto a la hamaca y marcaba una especie de ritmo a sus palabras. En una mesita de mimbre la secretaria, con un vestido de punto verde, inclinaba su cabecita morena sobre el cuaderno de notas, escribiendo solícita sus horribles signos taquigráficos. No era difícil seguirle, pues dictaba con lentitud, guardando el ritmo y marcando el compás con su mano elegante.

«En toda novela debe existir un carácter sobresaliente con que siempre simpatizamos… con el cual siempre simpatizamos… aun reconociendo sus… aunque nos demos perfecta cuenta de las flaquezas humanas…»

«Todo hombre hace un héroe de sí mismo», pensó malhumorada, olvidando que a las mujeres les ocurre igual.

Mas la sorprendió ver un pájaro azul rebullendo en torno a los pies de la secretaria, sumida en su trabajo. En realidad, se trataba de un abejaruco azul, con algunas plumas grises y amarillas; pero a la mujer se le antojó azul en aquel jugoso día de primavera, en la tarde traslúcida. El abejaruco azul, aleteando junto al piececito lindo, pero vulgar, de la pequeña secretaria.

«¡El abejaruco! ¡El pájaro azul de la felicidad! ¡Estamos frescos! —pensó la mujer—. ¡Estamos frescos!»

Y cuando estaba en esto, apareció otro pájaro azul; es decir, otro abejaruco, y comenzó a jugar con el primero. ¡Una pareja de aves azules, de pájaros de la dicha, disputándosela! ¡Lo último!

La ocupadísima pareja humana no podía verla; pero a su marido le molestaba la contienda de los dos pájaros, cuyas ligeras plumas comenzaron a esparcirse por el aire.

—¡Largo! —les dijo suavemente, agitando hacia ellos un pañuelo amarillo—. ¡Resolved vuestras disputas y vuestros asuntos particulares en otro lado, amiguitos!

La secretaria levantó la vista rápidamente, pues ya había comenzado a anotar el párrafo. Él le sonrió con su extraña sonrisa burlona.

—No, no apunte usted eso —dijo afectuosamente—. ¿No vio usted a aquellos dos abejarucos uno encima del otro?

—No —dijo la secretaria, esforzándose para mirar en torno, medio cegados sus ojos por el trabajo.

Pero al ver detrás de ella la figura de la mujer, taimada, fuerte y elegante como una loba, se aterró.

—¡Yo sí los vi! —dijo la mujer, avanzando con aquellas piernas tan bien formadas, tan cautelosas, bajo la falda cortísima.

—¿Verdad que son unos bichos muy viciosos? —dijo él.

—¡Mucho! —repitió ella, agachándose y cogiendo una plumita del pecho—. ¡Extraordinariamente! ¡Mira cómo vuelan las plumas!

Colocó la pluma en la punta de un dedo y se puso a mirarla. Miró después a la secretaria, después a su marido. Su entrecejo tenía una expresión extraña, lobuna.

—Para mí —comenzó a decir él—, éstas son las tardes más agradables, cuando no quema el sol, cuando todos los sonidos, colores y aromas están como disueltos en el aire y todo está saturado, saturado de primavera. Se siente uno dentro, como en el interior de un huevo, a punto de romper la cáscara.

—Exactamente —asintió ella, sin convicción.

Hubo después una pequeña pausa. La secretaria no decía nada. Los dos estaban esperando a que se marchara la mujer.

—Supongo —dijo ésta—que, como siempre, estarán atareadísimos.

—Sí, casi lo mismo —dijo él, y torcía la boca, suplicante.

Otra vez la pausa vacía, esperando a que ella se fuese.

—Ya veo que te estoy interrumpiendo —dijo la señora Gee.

—Si te he de ser franco —dijo él—, no hacía sino observar a los dos pájaros.

—¡Qué diablillos! —dijo la mujer, soplando la pluma amarilla que conservaba en la punta del dedo.

—¡Tremendo!

—Bien. Será mejor que me vaya, para que sigan con su trabajo.

—¡No tengas prisa! —dijo él, con afectuosa indiferencia—. En realidad, no creo que adelantemos mucho trabajando aquí fuera.

—¿Cómo se te ocurrió? —dijo la mujer—. Ya sabes que nunca has podido hacerlo.

—La señorita Wrexall apuntó que sería bueno cambiar. Pero no creo que sirva de mucho, ¿eh, señorita Wrexall?

—Lo siento —dijo la secretaria.

—¿Y por qué ha de sentirlo usted? —dijo la mujer, mirándola como pudiera hacerlo el lobo a un corderillo—. ¡Si se le ocurrió, fue por su bien, estoy segura!

—Pensé que le convendría tomar el aire —asintió la secretaria.

—¿Por qué las gentes como usted nunca piensan en sí mismas?

La secretaria la miró a los ojos.

—Será que lo hacemos de un modo distinto —dijo.

—¡Sí, muy distinto!—dijo la mujer con ironía—. ¿Por qué no le hace pensar en usted? —añadió lentamente, arrastrando las sílabas—. En una tarde deliciosa de primavera, como ésta, debería usted hacer que le dictara poemas que tratasen de los pájaros azules de la dicha, revoloteando en torno a sus delicados piececitos. Yo así lo haría si fuera su secretaria.

Hubo una pausa mortal. La mujer se quedó inmóvil como una estatua, en una actitud que le era característica, algo apartada, medio vuelta de espaldas a la secretaria. Y a todo.

La secretaria miró al marido.

—Lo que estaba haciendo es un artículo acerca del futuro de la novela —dijo él.

—Conozco eso, y es muy feo —dijo la mujer—. ¿Por qué no acerca de algo vigoroso en la vida del novelista?

Se produjo un prolongado silencio. Él parecía apenado, absorto, muy quieto. La secretaria doblaba la cabeza. La mujer se alejó despacio.

—¿En qué estábamos, señorita Wrexall? —dijo él, por fin.

La pequeña secretaria dio un respingo. Se sentía profundamente indignada. ¡Insultar así aquella relación suya, tan deliciosa!

Pronto, sin embargo, viraba río abajo en el torrente de sus palabras, demasiado ocupada para tener más sentimientos que el goce producido por su faena.

Llegó la hora del té. La hermana sacó la bandeja al jardín, e inmediatamente apareció la mujer. Se había cambiado y llevaba un vestido azul achicoria muy fino. La pequeña secretaria recogió sus papeles, dispuesta a dejar el campo más que de prisa.

—No se vaya, señorita Wrexall —le dijo la mujer.

La pequeña secretaria se quedó cortada, indecisa.

—Me está esperando mi madre —dijo.

—Pues dígale que no puede ir. Y a su hermana, que traiga otra taza. Quiero que tome usted el té con nosotros.

La señorita Wrexall miró al marido, quien, incorporado en la hamaca, ofrecía un aspecto enigmático, hamletiano.

Devolvió la mirada con rapidez y torció la boca con mueca de niño.

—Sí, quédese y tome el té con nosotros esta vez —dijo—. Veo fresas, y sé que a usted le gustan.

Ella le miró, con sonrisa forzada, y corrió para avisar a su madre. Tardó lo necesario para ponerse un vestido de seda.

—¡Caramba, qué elegante viene usted! —dijo la mujer cuando reapareció la secretaria en el jardín, vestida de seda azul.

—¡Oh, no se fije en mi vestido, no lo compare con el suyo! —dijo la señorita Wrexall. Eran del mismo color.

—Usted al menos ganó el suyo, cosa que yo no hice con el mío —dijo la mujer, mientras servía el té—. ¿Le gusta a usted cargado?

Clavaba sus ojos en la mujercita fatigada, menuda como un pájaro; sus ojos, que expresaban lo que muchos negros e indescifrables volúmenes.

—¡Oh, tanto da! Gracias —dijo la señorita Wrexall, inclinándose nerviosa.

—Sale muy oscuro, como para estropearle la digestión —dijo la mujer.

—Échele un poco de agua, entonces.

—Sí, será mejor. ¿Cómo va esa obra? ¿Marcha bien? —preguntó la mujer, mientras bebían el té, y cada una de ellas examinaba el vestido de la otra.

—¡Oh! —dijo el escritor—. Muy bien. No te lo imaginas. Es un puro caramelo; pero es lo que más le gusta a los lectores. Una verdadera birria, ¿no es así, señorita Wrexall?

La señorita Wrexall se agitó inquieta en su silla.

—A mí me interesó —dijo—. Aunque no tanto como la novela.

—La novela. ¿Qué novela? —dijo la mujer—. ¿Se trata de alguna obra nueva?

La señorita Wrexall le miró. Por nada del mundo dejaría traslucir las actividades literarias de él.

—¡Oh, no pasé de apuntarle una idea a la señorita Wrexall! —dijo él.

—¡Dígala! —insistió la mujer—. Señorita Wrexall, cuéntenos de qué se trata.

Hizo girar la silla para dar frente a la secretaria.

—Temo —balbuceó ésta— no haberlo entendido muy bien.

—¡Ea! ¡Díganos lo que recuerde!

La señorita Wrexall nada decía. Estaba muy a disgusto, pues veía que se burlaban de ella. Se puso a mirar los pliegues azules de su falda.

—Temo que no voy a poder —dijo.

—¿Y por qué ha de temerlo usted? ¡Si es usted muy inteligente ! Seguro que lo tiene todo en la punta de los dedos. Es más: de seguro es usted quien escribe buena parte de los libros del señor Gee. Él le da a usted la idea, y usted la desarrolla. ¿No sucede así?

Hablaba burlonamente, como si quisiera hacer rabiar a un niño. Después miró los finos pliegues de su propia falda, elegante y costosa.

—Creo que no hablará usted en serio —dijo la señorita Wrexall, picada en su amor propio.

—¡Claro que sí! Vengo sospechando hace mucho tiempo… mucho no, pero sí bastante, que usted le escribe al señor Gee buena parte de sus libros, siguiendo sus indicaciones.

Lo dijo en tono de broma, pero era cruel.

—Me complacería inmensamente —dijo la señorita Wrexall, haciéndose fuerte—, si no supiera que lo único que usted se propone es tomarme el pelo.

—¿Tomarle el pelo? ¡Hija mía! ¡Nada podría estar más lejos de mí! Es usted mucho más lista, y está usted un millón de veces más enterada que yo. De veras, hija mía, siento la mayor admiración por usted, ¡créamelo! Yo no haría lo que usted hace, por todo el oro del mundo. ¡Y, además, no sabría!

La señorita Wrexall se contuvo y calló.

—Quieres decir que mis libros parecen como si… —comenzó él, incorporándose y hablando con voz cortada.

—¡Eso! —dijo su mujer—. Lo mismo que si la señorita Wrexall los hubiera hecho siguiendo tus indicaciones. Yo pensé, honradamente, que lo hacía… cuando tú tenías demasiado trabajo…

—¡Qué perspicacia! —dijo él.

—¡Mucha! —respondió ella—. ¡Sobre todo si estaba equivocada!

—¡Claro que sí! —dijo él.

—¡Caray, qué estupendo! —dijo ella—. ¡Bien, me colé una vez más!

Hubo pausa completa.

Fue rota por la señorita Wrexall, que se retorcía los dedos nerviosamente.

—¡Usted trata de echar abajo lo que hay entre él y yo, bien lo veo! —dijo con amargura.

—¡Querida!, pero ¿qué hay entre usted y él? —preguntó la mujer.

—¡Yo era feliz trabajando con él, trabajando para él! ¡Sí, yo era feliz trabajando para él! —exclamó la señorita Wrexall, con lágrimas de angustia y de rabia en los ojos.

—¡Hijita mía —exclamó la mujer con emoción fingida—, siga siendo feliz trabajando con él, siga siéndolo mientras pueda! ¡Si eso la hace a usted feliz, aprovéchese! ¿Por qué no? ¿Tan mala iba a ser yo, piensa usted, que intentara impedirle trabajar con él? Yo no sé taquigrafía, ni mecanografía, ni contabilidad por partida doble, o como se diga. Se lo repito: soy totalmente inútil. Nunca gano nada. Soy un parásito. Soy como el muérdago. El pájaro azul nunca se posa junto a mis pies. Tal vez sean grandes y pisen muy fuerte.

Y miró sus costosos zapatos.

—Si yo hubiese de censurar a alguien —dijo, volviéndose hacia su marido—, sería a ti, Cameron, porque te aprovechas mucho y no le das nada.

—¡Pero si me lo da todo, todo! —exclamó la señorita Wrexall—. ¡Me lo da todo!

—¿Qué quiere usted decir? ¿Qué significa todo? —dijo la mujer, volviéndose hacia ella, hecha una fiera.

La señorita Wrexall paró en seco. Pasó una ráfaga.

—Nada que usted pueda censurarme —dijo la pequeña secretaria, con cierta altanería—. Nunca me he rebajado.

Hubo una pausa.

—¡Dios mío! —insistió la mujer—. ¿No le llama usted a eso rebajarse? De seguro que de él no obtiene usted nada en absoluto; se limita a dar. ¡Si a eso no le llama usted rebajarse!

—Ya ve usted, vemos las cosas de diferente manera —dijo la secretaria.

—Desde luego que sí. ¡A Dios gracias!—replicó la mujer.

—¿En nombre de quién das gracias a Dios? —preguntó él, con sorna.

—Creo que en el de todos. En el tuyo, porque lo obtienes todo y no das nada. En el de la señorita Wrexall, porque, por lo visto, se encuentra a gusto. Y en el mío, por estar fuera del cotarro.

—Está usted fuera porque quiere, porque se coloca usted misma —exclamó la señorita Wrexall, magnánima.

—Gracias por su oferta, querida —dijo la mujer, levantándose—. Temo que ningún hombre pueda esperar que dos abejarucos estén aleteando a sus pies y sacándose las plumas.

Y con esto se fue.

Después de un silencio tenso y desesperante, exclamó la señorita Wrexall:

—¡Mira que estar celosa una mujer de mí!

—¡Ya, ya! —dijo él.

Y fue lo único que dijo.