Nace una idea, de Isaac Asimov

Que el primer inventor de una máquina del tiempo con posibilidades reales de utilización fuese un entusiasta de la ciencia ficción no fue en ningún modo una coincidencia. Era inevitable que así fuera. ¿Qué otro motivo podría haber impulsado a un físico por lo demás cuerdo a osar examinar tan sólo las diversas teorías marginales que parecían indicar la posibilidad de manipular el tiempo en las mismas fauces de la teoría general de la relatividad?

Para ello se requería energía, desde luego. Todo requiere energía. Pero Simeon Weill estaba dispuesto a pagar el precio. Cualquier cosa (bueno, casi cualquier cosa) con tal de hacer realidad su oculto sueño de ciencia ficción.

El problema era que no había forma de controlar la dirección ni la distancia a través de la cual se vería proyectado cronológicamente quien usara la máquina. Todo era producto de colisiones temporales al azar entre los taquiones acoplados. Weill era capaz de hacer desaparecer ratones e incluso conejos, pero no hubiera sabido decir si los mandaba al futuro o al pasado. Un ratón reapareció, de modo que debía de haber realizado un corto recorrido hacia el pasado y parecía perfectamente indemne. ¿Los demás? ¿Quién hubiera podido decirlo?

Diseñó un disparador automático para la máquina. En teoría, debía invertir el impulso (cualquiera que éste fuese) y hacer volver el objeto (desde cualquier dirección y cualquier distancia que pudiera haber recorrido). No siempre funcionaba, pero cinco conejos habían sido retornados sin sufrir ningún daño.

Si al menos hubiera podido lograr un disparador infalible, Weill lo habría intentado personalmente. Se moría de ganas de probarlo, una reacción muy impropia de un físico teórico, pero que correspondía a la emoción totalmente previsible de un fanático de la ciencia ficción particularmente aficionado a las producciones espaciales de las décadas anteriores al actual año de 1976.

Era inevitable, pues, que se produjera el accidente. Por ningún motivo se hubiera colocado entre los témpodos movido por una decisión consciente. Sabía que las probabilidades de no regresar eran de dos entre cinco. Por otra parte, se moría de ganas de intentarlo, de modo que tropezó con sus torpes pies patosos y avanzó tambaleante entre esos dos témpodos de forma totalmente accidental… Pero ¿hay realmente accidentes?

Podía salir proyectado tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Tal como ocurrieron las cosas, fue proyectado hacia el pasado.

Podía haber salido proyectado incontables milenios hacia el pasado o sólo un día y medio. El caso es que fue proyectado a cincuenta y un años atrás, hasta una época en que el escándalo de «Teapot Dome» estaba en su apogeo, pero la nación seguía imperturbable junto a Coolidge, y se escudaba en la certeza de que nadie en el mundo era capaz de derrotar a Jack Dempsey.

Pero había algo que Weill no podía saber por sus teorías. Sabía lo que podía ocurrir con las partículas en sí, pero no tenía forma de prever qué ocurriría con las relaciones entre las diversas partículas. ¿Y existen relaciones más complejas que las del cerebro?

Conque lo que sucedió fue que mientras Weill viajaba hacia atrás en el tiempo, su mente fue «desbobinándose», por así decirlo. No del todo, por fortuna, pues Weill aún no había sido concebido el año anterior al sesquincentenario de los Estados Unidos, y un cerebro con un desarrollo menos que nulo habría representado una clara desventaja.

Se «desbobinó» a trompicones, parcial y chapuceramente, y cuando Weill se encontró sentado en un banco de un parque, no muy lejos del lugar donde vivía en 1976, en la parte baja de Manhattan, donde experimentaba en dudosa simbiosis con la Universidad de Nueva York, se vio transportado al año 1925, con un dolor de cabeza abismal y una idea muy poco clara de cuál era su situación.

Se encontró mirando fijamente a un hombre de unos cuarenta años, con el cabello untado de brillantina, pómulos salientes, nariz ganchuda, que compartía con él el mismo banco.

El hombre parecía preocupado.

—¿De dónde ha salido usted? —dijo—. Hace un momento no estaba usted aquí. —Hablaba con acento claramente teutónico.

Weill no estaba seguro. No podía recordarlo. Pero una frase parecía haberle quedado grabada en medio del caos que hervía en su cabeza, aun cuando no estuviera muy seguro de su significado.

—Máquina del tiempo —tartamudeó.

El otro se puso tieso.

—¿Lee usted novelas seudocientíficas? —dijo.

—¿Qué? —dijo Weill.

—¿Ha leído La máquina del tiempo de H. G. Wells?

La repetición de la expresión pareció apaciguar un poco a Weill. Su dolor de cabeza se había calmado un poco. El nombre Wells le sonaba familiar, ¿o sería ése su propio nombre? No, su nombre era Weill.

—¿Wells? —dijo—. Yo me llamo Weill.

El otro le tendió una mano.

—Yo soy Hugo Gernsback. De vez en cuando escribo alguna novela seudocientífica, pero desde luego no es correcto llamarlas «seudo». Produce la impresión de algo falso. Y no es así. Deberían estar bien escritas y entonces serían ciencia ficción. Me gustaría abreviar ese nombre —sus negros ojos chispearon— y llamarlas cientificción.

—Sí —dijo Weill mientras hacía esfuerzas desesperados por recomponer sus memorias fragmentadas y sus experiencias «desbobinadas», sin encontrar más que impresiones y estados de ánimo—. Cientificción. Es mejor que seudo. Pero aún no acaba de…

—Si está bien escrita. ¿Ha leído mi Ralph 124C 41+?

—Hugo Gernsback —dijo Weil y frunció el entrecejo—. El famoso…

—Modestamente famoso —dijo el otro con una inclinación de cabeza—. Llevo años editando revistas sobre temas de radio e inventos eléctricos. ¿Ha leído usted «Science and Invention»?

Weill captó la palabra «inventos» y en cierto modo ello estuvo a punto de hacerle comprender lo que quería decir al hablar de una «máquina del tiempo».

—Sí, sí —dijo, ansioso de saber más.

—¿Y qué le parece la cientificción que incluyo en cada número?

Otra vez la cientificción. La palabra tenía un efecto sedante sobre él, y sin embargo no acababa de ser la expresión justa. Algo más… No exactamente…

—Algo más. No exactamente… —repitió.

—¿No exactamente todo lo que debería ser? Sí, he estado pensando en ello. El año pasado envié una circular solicitando suscripciones para una revista que sólo publicase cientificción. Deseaba titularla «Scientifiction». Los resultados fueron muy decepcionantes. ¿A qué lo atribuiría usted?

Weill no le oía. Seguía concentrado en la palabra «cientificción», que no acababa de parecerle adecuada, aunque no conseguía entender por qué.

—El nombre no es adecuado —dijo.

—¿No le parece adecuado para una revista? Tal vez sea eso. No he encontrado un buen nombre; algo que atraiga la atención, algo que deje claro lo que recibirá el lector, y lo que éste buscará en la revista. Eso es. Si pudiera encontrar un buen nombre, lanzaría la revista sin preocuparme de mandar circulares. No preguntaría nada. Simplemente la colocaría en todos los quioscos de los Estados Unidos la primavera próxima; y ya está.

Weill se le quedó mirando con expresión vacía.

—Naturalmente —prosiguió el hombre—, quiero publicar relatos que ayuden a conocer las ciencias y al mismo tiempo sepan divertir y entusiasmar al lector. Deberían contribuir a abrirle las vastas perspectivas del futuro. Los aeroplanos cruzarán el Atlántico sin escalas.

—¿Los aeroplanos? —Weill tuvo una visión pasajera de una gran ballena de metal que se elevaba por la fuerza de sus propios gases de escape. Duró sólo un instante y se desvaneció.

—Grandes, capaces de transportar a cientos de personas y más veloces que el sonido —dijo.

—Desde luego. ¿Por qué no? Constantemente comunicados por radio.

—Satélites.

—¿Qué? —Ahora le tocaba sorprenderse al otro.

—Las ondas de radio rebotan sobre un satélite artificial situado en el espacio.

El otro asintió enérgicamente.

—En Ralph 124C 41+ vaticino el uso de ondas de radio para detectar objetos a distancia. ¿Espejos espaciales? También lo he vaticinado. Y televisión, naturalmente. Y energía atómica.

Weill estaba galvanizado. Las imágenes iban sucediéndose en un orden incongruente frente al ojo de su cerebro.

—El átomo —dijo—. Sí. Bombas nucleares.

—De radio —dijo complacido el otro.

—De plutonio —dijo Weill.

—¿Qué?

—Plutonio. Y fusión nuclear. A semejanza del Sol. Nylon y plástico. Insecticidas para matar los insectos. Computadoras para matar los problemas.

—¿Computadoras? ¿Querrá decir robots?

—Computadoras de bolsillo —dijo Weill entusiasmado—. Pequeños objetos. Caben en una mano y resuelven los problemas. Radios pequeñas. También caben en una mano. Cámaras para sacar fotografías y revelarlas en la misma caja. Holografías. Imágenes tridimensionales.

—¿Escribe usted cientificción? —preguntó el otro.

Weill no le escuchaba. Concentraba todos sus esfuerzos en intentar atrapar las imágenes. Éstas iban haciéndose más claras por momentos.

—Rascacielos —dijo—. De vidrio y aluminio. Autopistas. Televisión en color. El hombre en la Luna. Sondeos en Júpiter.

—El hombre en la Luna —dijo el otro—. Julio Verne. ¿Lee usted a Julio Verne?

Weill movió negativamente la cabeza. Todo estaba bastante claro ahora. Su mente se estaba recuperando un poco.

—Un paseo sobre la superficie de la Luna en la televisión. Todo el mundo lo contempla. Y fotografías de Marte. No hay canales en Marte.

—¿No hay canales en Marte? —dijo el otro, sorprendido—. Hay observaciones.

—No hay canales —dijo firmemente Weill—. Volcanes. Los más grandes. Cañones, los más grandes. Transistores, lásers, taquiones. Se capturan los taquiones. Se los obliga a ir contra el tiempo. A moverse a través del tiempo. A moverse a través del tiempo. Una ma…

La voz de Weill empezaba a perderse y sus contornos fueron desvaneciéndose. Y sucedió que el otro hombre apartó los ojos en ese preciso instante, fijó la mirada en el cielo azul y murmuró:

—¿Taquiones? ¿Qué estará diciendo este hombre?

Pensó que si un desconocido al que había conocido casualmente en el parque mostraba tanto interés por la cientificción, ello tal vez fuera una buena señal indicativa de que había llegado el momento de sacar la revista. Y entonces recordó que no sabía cómo llamarla y descartó la idea decepcionado.

Bajó la vista justo a tiempo para escuchar las últimas palabras de Weill:

—Viaje taquiónico a través del tiempo… un… relato… sor… prendente… —Y desapareció, para retornar de golpe a su propio tiempo.

Hugo Gernsback se quedó mirando horrorizado el lugar que había ocupado el hombre. No le había visto llegar y ahora tampoco había visto realmente cómo se marchaba. Su mente descartaba una verdadera desaparición. Qué hombre más raro, iba vestido con ropas de extraño corte, pensándolo bien, y sus palabras eran descabelladas y confusas.

El mismo desconocido lo había dicho: un relato sorprendente. Sus últimas palabras.

Y entonces Gernsback murmuró la frase por lo bajo: —Un relato sorprendente… ¿«Relatos sorprendentes»?

Una sonrisa asomó en las comisuras de su boca.