Amnesia, de Amado Nervo

Capítulo 1

Toda la comedia o el drama de mi vida —no sé aún lo que es— dependió de una cerilla y de un soplo de viento, como dijo el otro.

¿Acaso dependen de algo menos tenue las grandes catástrofes de la historia?

Acababa yo de cumplir treinta años; iba por una calle del barrio de Salamanca —supongamos que por la de Ayala—; cogí un pitillo; quise encenderlo con mi peut-être; no hubo manera: saqué mi caja de cerillas, pues soy hombre prevenido. Pero un soplo de viento apagó la primera cerilla y creo que la segunda. Me metí en un portal de cierta casa lujosa, para lograr mí perseverante deseo. Encendí al fin el pitillo, pero mi corazón se encendió al propio tiempo. Bajaba los escalones de la marmórea escalera, Luisa Núñez, la que diez meses después era mi esposa en el templo de la Concepción de la calle de Goya.

—¡El Flechazo!

—¡Tú no sabes lo que eran los ojos de Luisa! Ni los de Pastora Imperio, ni los de la Minerva del Vaticano podían comparárseles.

Habrás advertido el supremo encanto de unos ojos claros; verdes o zarcos especialmente, en un rostro moreno: encanto y misterio…

Los de Luisa eran zarcos. En su tez trigueña, de un trigueño oscuro, evocaban reminiscencias de límpidas fuentes en la morena tierra.

Debo advertir, para que no se culpe a otro más que a mí de mi desgracia, que no uno, sino varios amigos oficiosos y buenos, desaprobaron mi matrimonio.

Conocían a Luisa y sabían que era una mujer frívola, muy pagada de su hermosura: de su pelo negro y luciente (no temas, no incurriré en la vulgaridad de decir que «como el ala del cuervo»); de su boca admirablemente dibujada (no receles que te diga que parecía «herida recién abierta»); de su cuello Zulamita (lee lo que dice el Cantar de los Cantares); de la esbeltez, en suma, de su cuerpo.

—Es incapaz de querer a nadie. No está enamorada más que de la imagen que le devuelve su espejo —me cuchicheó Antonio Arévalo (que había sido su pretendiente).

—¡Se muere por los trapos! —me reveló su íntima amiga, Leonor X.

—Tiene por las joyas una pasión de urraca —insinuó otra de sus predilectas.

Y lo peor es que todos y todas tenían razón.

Luisa era frívola, desamorada, amiga del lujo; muñeca de escaparate, incapaz de una sola virtud.

Pero yo la amaba, la amaba como sólo esa vez he amado en mi vida.

¿Qué es preferible —me decía para consolarme de mi desgracia— vivir con una santa a quien no queremos ni para remedio, o adorar a una diabla?

¿No optaríamos todos por lo segundo?

De las veinticuatro horas del día, Luisa me echaba a perder por lo menos seis: las que pasaba a su lado. Pero como en esta vida nada es constante, ni las perrerías de una mujer, allá cada semana o cada dos, tenía una hora amable, una hora dulce… ¿y acaso una hora semanal o quincenal de felicidad (incomparable por cierto) no paga sesenta o setenta de miserias?

Esas mujeres amargas como el mar y como la muerte, cuando tienen la humorada de ser afectuosas y cálidas, eclipsan con su momentáneo embeleso a las más encantadoras.

Pero es muy poco de todas suertes una hora quincenal de bienaventuranza, cuando los otros catorce días y veintitrés horas no hemos hecho más que sufrir.

Luisa me arruinaba económica, física y moralmente.

En mis desolaciones yo sólo veía un remedio posible a mis males: un hijo.

La maternidad suele transformar a la mujer más casquivana. Se han visto casos de conmovedoras metamorfosis. («¿Quieres santificar a una mujer? —dice Nietzsche— Hazle un hijo»).

Dos años, empero, llevábamos ya de cadena, exclamando quizá cada uno a sus solas lo que reza la célebre aguafuerte de Goya: «¡Quién nos desata!», cuando empecé a advertir en Luisa signos inequívocos de que los dioses escuchaban mis súplicas.

El doctor y ella confirmaron mis deliciosas sospechas.

Como era una mujer elegante y vanidosa, discurrió pasar los meses de buena esperanza, en el campo.

Busqué una quinta rodeada de árboles, cerca de una vieja ciudad castellana, y nos fuimos a vivir allí con nuestros criados de más confianza, un piano y algunas docenas de libros.

La soledad, el apartamiento, exasperaron los nervios de Luisa. Pero yo huía con mis libros a las habitaciones más apartadas del caserón y contemplando a ratos el campo y a ratos con mis autores favoritos, iba pasando el tiempo…

Estaba visto que la mala suerte (así lo creía yo en mi ceguera) me había de seguir a todos los escondrijos. A pesar de nuestras precauciones, el alumbramiento de Luisa fue inesperado. El médico se hallaba en Valladolid, a cientos de kilómetros nuestra quinta; la comadrona estuvo en su cometido a la altura de un zapato, y Luisa, a consecuencia de un descuido tuvo una hemorragia tal, que por poco deja huérfana a la pobre niña que vino al mundo en circunstancias tan tristes.

Se salvó por milagro, pero quedó en un estado de debilidad tan grande que un mes después apenas sí podía penosamente andar.

Vino la anemia cerebral con todos sus horrores, y su memoria empezó a flaquear.

Olvidaba con frecuencia los nombres de las cosas, se extraviaba en el caserón, confundía a los criados. Un día desconoció a su propia hija. Se la pusieron en el regazo y ella la quedó mirando con perplejidad…

Por fin llegó lo esperado con angustia: la amnesia completa.

El alma de Luisa: aquella alma frívola, locuela, mariposeante, cruel a veces…, pero alma al fin, naufragaba en el Océano de la inconsciencia.

Como un telón negro, la mano misteriosa de lo invisible cubría el pasado.

Detrás quedaba la identidad del yo, el hilo de luz que ata los estados de conciencia, los experimentos, las sensaciones de la vida anterior…

Luisa Núñez ya no existía.

Un fantasma —hermoso, de carnes delicadas y tibias, pero fantasma nada más—, continuaba la vida de aquella mujer adorada.

Me fui con ella a París a buscar un especialista famoso.

La examinó concienzudamente y me dio una conferencia sobre psicosis antiguas y modernas.

No creía que fuese hacedero en mucho tiempo —en años— que Luisa recobrase la memoria de su pasada existencia, pero en cambio era posible reeducarla para la vida, como a una niña. Cabía enseñarla nociones simples, darla lecciones de cosas, sin fatigar su cerebro; seguir con ella en el campo, en un sitio sano y apartado, un procedimiento análogo al de los jardines infantiles.

—Es —me dijo el doctor, y me dio el porqué con explicaciones técnicas que no acertaría a repetir ni viene al caso— como si hubiera vuelto a nacer. ¿Ha leído usted —prosiguió con sonrisa ambigua— lo que dicen las religiones indias y algunos de los griegos acerca de la palingenesia? El alma, al encarnar, olvida toda su larga historia anterior, que, según parece, no le serviría de estímulo sino de desconsuelo, y haría imposible sus relaciones con muchos de sus semejantes, pues es de clavo pasado que el interfecto no soportaría la vista de su asesino, el marido engañado la de su infiel, el comerciante la de su cajero ladrón; e inconcuso que quien en otras vidas tropezó y cayó, perdería en la actual con este recuerdo la moral para regenerarse. El alma, pues, come “la flor de loto”, pero no olvida en realidad ciertas cosas, según afirman los teorizantes. Sólo que sus recuerdos se transforman en instintos. El hábito no es más que un recuerdo despersonificado -dice Janet-. De allí las simpatías y antipatías, las corazonadas, los presentimientos. Pues bien, el caso de su esposa es análogo. Renace ahora… Nada recuerda de su vida pasada, hasta ignora que tuvo una hija. Pero su memoria, que procederá como instinto mientras no cure de la amnesia, hará, así lo espero, que experimente simpatías por usted. Con dulzura, y sobre todo, recuérdelo, sin fatiga, usted la reeducará. En suma —añadió—, la experiencia es nueva, dulce y tentadora. Con el mismo cuerpo de la mujer amada, el destino le otorga a usted un alma nueva, un alma blanda que usted, si es artista, sabrá modelar…

Las palabras de aquel sabio médico —que por pura casualidad no era materialista— me sedujeron, y algunos días después, con mi esposa, mi hija y mis fieles criados, me instalaba en una hermosa quinta de Santander, desde la cual el panorama era admirable, como todos los panoramas de la Montaña.

 

Capítulo 2

En el fondo de mi alma había, empero, cierta inquietud ante el fenómeno que se producía, de tan peregrina manera, en la vida del ser más íntimo y amado.

¿Alternaría con la nueva personalidad (nueva en toda la extensión de la palabra) de mi esposa, la personalidad antigua, en irrupciones inesperadas e inquietantes?

«Su memoria —me había dicho el doctor— procederá como instinto, mientras no cure de la amnesia».

Al curar, pues, Luisa volvería al escenario de mi vida.

Quise saber a qué atenerme en todo y me puse a leer revistas y libros adecuados que pude hallar a la mano.

En una revista cosmosófica, traducida por F. M., hallé lo siguiente de Carlos Ramus: «la doble personalidad es un estado que puede llevar a los sujetos a abandonar su familia y su trabajo e ir a otra ciudad, tomar otro nombre y otras ocupaciones. Sus maneras y sus hábitos cambian completamente. Suelen recordar su estado normal, pero considerándolo con indiferencia, como si se refiriera a un tercero. La duración de tales estados puede variar desde algunas horas hasta algunos años; la vuelta al estado original es habitualmente repentina y el hilo de sus recuerdos se reanuda en el punto exacto en que se interrumpió».

Recordé el clásico caso citado por William James, de aquel yanqui que durante semanas fue otro hombre; leí lo que dice Ribot; la teoría de Bergson acerca de este punto…
En una revista de variedades encontré, guardándolo cuidadosamente, el párrafo que sigue:

«Un fenómeno extraordinario de multiplicidad.

Uno de los fenómenos más extraordinarios que el mundo ha ofrecido a los hombres de ciencia, es el que ha sido objeto de un minucioso estudio por parte del doctor Alberto Wilson, en Inglaterra. Se trata de un ser humano que reúne en sí diez personalidades distintas y enteramente independientes una de otra. El sujeto es una joven, casi una niña, que a los trece años experimentó un ataque de gripe. Aunque curó de aquella enfermedad, en su inteligencia dejó la misma profunda huella. Desde entonces, en efecto, parece como si la muchacha hubiese tenido diez cerebros diferentes, pues se han observado en ella diez personalidades perfectamente distintas, pasando de una a otra de vez en cuando, de un modo irregular y sin que la paciente se diese cuenta de estos cambios.

El doctor Wilson ha tomado numerosos datos sobre los caracteres de cada una de estas personalidades. Unas veces, la joven aparecía como una muchacha asustadiza y tímida hasta la exageración; huía de sus propios padres, ocultándose el rostro cuando se acercaba cualquiera. Un día tocó una arruga en una tela y empezó a gritar diciendo que era una serpiente. En ocasiones su terror llegaba al punto de comunicar a su cuerpo una rigidez cadavérica. Esto es lo que el doctor Wilson llama la primera personalidad de la enferma.

En otros periodos de su extraña vida, la joven ha quedado imposibilitada para andar; pero entonces parecía algo más inteligente, y ponía a las personas y a las cosas nombres extraños, enteramente a su capricho. Se denominaba a sí misma “una cosa”, decía no tener boca y llamaba blanco al color negro y rojo al verde. Un día que el doctor la pidió que anduviese, replicó: “¿Anda?, ¿qué es eso?, ¿qué significa anda?”. Su tercera personalidad era idéntica a la de una niña que empieza leer y escribir; en este estado la agradaban mucho las tormentas, y siendo de ordinario muy pacífica, en ocasiones mordía sus propias ropas, diciendo que un “hombre malo” se había apoderado de ella.

Algún tiempo después, la infeliz quedó sorda y muda, no pudiendo oír ni aun los ruidos más fuertes y hablando por señas con toda facilidad. Pronto se reveló en ella una quinta personalidad. Cierto día empezó a hablar de nuevo, diciendo que solamente tenía tres días de edad; afirmaba también que el fuego era negro, y lo que es más notable, todas las palabras que pronunciaba las decía al revés, esto es, empezando por la última letra, sin equivocarse nunca. Pasado algún tiempo, su inteligencia pareció entrar en un periodo de normalidad, pero hubo que enseñarla a leer y escribir. Negaba haber visto jamás al doctor Wilson, y en ocasiones perdía por completo el uso de sus manos.

Vino después una séptima personalidad; la pobre muchacha se llamaba a sí misma Adjuice Uneza, y olvidó todo lo que había ocurrido recientemente, incluso los detalles de la casa del doctor; pero en cambio recordaba hechos acaecidos muchos años antes.

Últimamente la muchacha ha quedado imbécil, y se ocupa en dibujar figuras incomprensibles y figurines como los de periódicos de modas, siendo de advertir que ni en su estado normal ni en ninguna de las otras nueve personalidades aprendió a dibujar ni demostró aficiones artísticas».

 

En un libro francés especialista encontré asimismo las siguientes páginas que traduzco:

«El alma es una cosa compleja; su unidad no existe sino con relación al individuo que se reconoce en lo que él llama su yo. Pero el dominio psíquico se compone de una multitud de pequeñas almas, cuya masa es divisible, y en la cual se manifiesta a veces cierto desorden.

Un hombre puede ser visto bajo dos aspectos muy diferentes; un profesor de matemáticas durante su clase no deja ver más que una parte de sí mismo y hasta él olvida, momentáneamente, todo lo que se halla fuera del grupo de sus conocimientos especiales. Pero yo supongo que salido de su clase, es un buen músico. La familia le verá con más frecuencia bajo el aspecto de un violinista. Imaginad ahora que a consecuencia de un accidente cualquiera este hombre pierda todo recuerdo de la música. No queda entonces más que el matemático. Le habláis de su violín y no os comprende. Nunca lo ha tocado. Pero al cabo de algunos días, la memoria del músico reaparece y, en cambio, el grupo de recuerdos matemáticos se ha borrado. Tal es el aspecto -no digo la explicación sino el aspecto-, bajo el cual puede presentarse cierto fenómeno conocido con el nombre de división de la personalidad.

Pero puede también acontecer esto: que se revele un estado sonambúlico, durante el cual, así como el actor representa un papel, el sujeto encarne el tipo del personaje que se le propone, y lo haga a pedir de boca. Sólo que esta representación no resiste al examen, porque el sujeto continúa en las generalidades y sigue siendo incapaz de dar muestras de conocimientos especiales. Pero surge un nuevo personaje y éste no conoce ya a ninguna de las gentes que le rodean. Se presenta con un nuevo estado civil y muestra que posee ciertos conocimientos que ninguna hipótesis permite atribuir al sujeto sonambúlico, que aparece entonces como poseído por una influencia extraña. Es el fenómeno que ha ofrecido frecuentemente la señora Piper en estado de trance y al cual la Sociedad de Investigaciones Psíquicas ha consagrado muchos gruesos volúmenes de sus anales.

Son éstos, se dirá, hechos aún insuficientemente conocidos. Nosotros pretendemos que un hecho experimentado, observado por autoridades competentes, por inexplicado que sea, se convierte en una verdad empíricamente probada, lo que basta para que se le admita como base de deducciones futuras. El caso es inexplicable fisiológicamente: verdad útil de retener.

Pero, lo repetimos: caemos aquí en un abismo de complejidad. Parece algunas veces que una amnesia parcial ocasiona en el sujeto la desaparición de todo un periodo de su existencia, y, lo que hay de más admirable es que nada, fuera de esto, indica en el paciente trastorno alguno. Así una persona instruida y bien educada, va a caer en trance para despertarse en un estado en el cual habrá cambiado de carácter sin tener recuerdo alguno de su estado precedente. No conocerá ya ni a las personas de su intimidad: hasta el carácter de su letra habrá cambiado. Será, en suma, otra persona. Una nueva crisis sobreviene y el sujeto se despierta en su primer estado, ignorando completamente el estado segundo que acaba de dejar.

El doctor Azam de Burdeos, según creo, ha observado un caso que es ya clásico, en “Félida”, cuyos cambios de personalidad se manifestaron durante largos años. Casi a diario la dominaba una crisis y aparecía otra, persona que ignoraba la romanza que la primera cantaba momentos antes de la crisis y que era incapaz de continuar la labor de costura que traía entre manos. Era indispensable que su familia la pusiese de nuevo al corriente de todo en su nuevo estado.

Encontrándose en estado interesante, en su segunda personalidad, ignoraba absolutamente este detalle al volver a la personalidad primera.

Félida II tenía un perrito que quería mucho. Félida I lo arrojaba de su lado como a un intruso.

A pesar de todas las apariencias de una posesión, se puede ver en estos fenómenos la alternabilidad de una personalidad que en cada uno de sus papeles no abraza más que un periodo de tiempo vivido por el sujeto. Por ejemplo, Félida II, no conoce sino aquello que le ha sobrevenido a partir de una fecha determinada. No trataremos de explicar esta apariencia de vida alterna: sólo queremos señalarla.

Hay casos de divisiones múltiples, en los cuales el sujeto revive periodos de existencia pasada y cada periodo trae consigo los estados mórbidos correspondientes. Se ve por ejemplo a un sujeto extremadamente miope y obligado a usar gafas que en uno de sus estados gozará de una vista excelente. En suma, cambio en el valor intelectual, cambio en lo físico, cambio en la memoria, cambio en la moralidad. Hay en esto verdaderamente un misterio que la fisiología no explica “y que la psicología está aún lejos de dilucidar”».

 

Y con tales lecturas, quedé más perplejo que antes, sin rumbo en ese abismo de lo fisio-psicológico inexplicable, hasta que opté al fin por el sabio expediente de aceptar los hechos como viniesen y dejarme guiar por ellos.

 

Capítulo 3

Empecé por llamar a mi esposa, Blanca, como para hacer más real la idea de su renacimiento.

Luisa, aquella Luisa coqueta y veleidosa, maligna y vana, había muerto.

De ella nacía Blanca («incipit vita nova»).

Y de que nacía de veras, de que en ella había como un ser nuevo, fue temprano testimonio de su dulzura.

Era dulce como una ovejuela. Tímida, medrosilla, puerilmente afectuosa.

Obedecía a la menor de mis indicaciones con sumisión conmovedora.

Yo, sin fatigar en lo más mínimo su cerebro delicado, iba iniciándola blandamente en el aprendizaje de la vida.

Teníamos un vasto jardín, que descendía desde la escalinata de la eminente casa en ondulaciones verdes y aterciopeladas.

Las flores la llenaban de regocijo, y yo iba pacientemente enseñándoselas una a una y repitiendo sus nombres.

¡Rosa!, ¡geranio!, ¡clavel!, ¡evónimo!

Se complacía en la sociedad de las mocitas de doce y catorce años, y cada día, merced a ellas, ampliaba sus conocimientos, su vocabulario.

La divertía extraordinariamente saltar a la comba, jugar a todos esos juegos de la puerilidad, que son siempre, en el fondo, los mismos.

Un día vino con encantadora sencillez a decirme:

—Tú y yo somos novios, ¿verdad?

Me quedé perplejo por un momento.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Manolita me ha dicho que cuando un hombre y una mujer se quieren…, pues son novios y se casan.

(Debo advertir que yo no había intentado insinuarle siquiera la idea de que era mi esposa, me parecía aún harto complicada para su inteligencia, que florecía apenas, como nuevo y candoroso pensamiento.)

—¿Y tú y yo nos queremos, por ventura? —le pregunté.

—¡Yo te quiero! —me respondió, zanjando dulcemente la cuestión y echando sus brazos a mi cuello.

—¿Tenemos, pues, que casarnos como los otros?

—Naturalmente.

—¿Y serás dichosa?

—Muy dichosa.

Desde aquel día la idea del matrimonio ancló en su espíritu. Sobre todo porque sus amiguitas le decían que iría al templo vestida de blanco y coronada de azahares, que en el altar arderían infinitos cirios, que sonaría el órgano, y que unos pequeñuelos vestidos preciosamente, la recibirían regando flores a su paso.

—¿Es verdad todo esto? —me preguntaba.

—Verdad.

—¿Y llevaré también zapatos blancos?

—Naturalmente.

—Los zapatos blancos la proporcionaban sobre todo el más aturdido regocijo.

Acabó por enamorarse de tal manera de su proyecto, que el médico temió una crisis, si no se realizaba.

Imaginamos una comedia en una Iglesia campesina, de por ahí cerca, al amanecer.

¿Pero querría el padre prestarse a la farsa?

Nos parecía imposible: le vimos sin embargo el médico y yo y le explicamos el caso.

Era un sacerdote viejo, bonachón, ingenuo.

—Hay un medio —nos dijo—, sin necesidad de recurrir a parodias irrespetuosas; que venga vestida de blanco al lado de usted: que oiga una misa en las gradas del altar, y después de la misa yo les daré una simple bendición.

—¿Y los pajecillos? ¿Y el órgano?

—Eso puede arreglarse. No son detalles privativos del vínculo.

Yo, entusiasmado, procedí a los preparativos, especialmente al principal de todos: el traje de boda.

Vino la modista, se discutieron telas y avíos, con júbilo enorme de Blanca.

Dos semanas después, el traje estaba hecho.

—¿Y los zapatitos? —preguntaba ella continuamente.

Los zapatitos de la más nívea y fina piel, con lazos enflorecidos de azahar, llegaron a su vez.

¡Qué mañana aquella! Acabé por enamorarme de la situación tan nueva, tan graciosa, tan inesperada…

Iba a casarme con mi esposa, es decir, iba a casarme con el alma de mi esposa (porque, ¿no es también el matrimonio la unión de dos almas?), y aquella alma que se levantaba sobre el aniquilamiento de una memoria, aquella alma, tan blanda, tan tenue, tan infantil (animula, blandula, vagula) era distinta ¡y tan distinta de la otra! Y sobre todo, ¡era mía! ¡mía! (me complacía repetir esta cadenciosa palabra), porque la otra alma, la de «Luisa» no me perteneció jamás.

Con esta imaginación que yo tengo, con la hermosura de mi novia en el tímido y tembloroso amanecer; con el olor del incienso, con la música del órgano, acabé por posesionarme de tal suerte de mi papel, que fui el novio ideal, ¡el novio que por fin realiza una esperada quimera!

(Hasta pensé que Dios creaba, con el barro de la otra, aquella novísima Eva, para recompensarme en su bondad infinita de todas las amarguras de mi vida.)

Blanca, radiante, como extática, oía la misa a mi lado. De vez volvía a mí su rostro, ayer aún pálido, hoy sonrosado, como si la débil llamita de una nueva vida se encendiese allí ante el altar… Me miraba con la clara mirada de sus grandes ojos, llenos de vaguedad (de una vaguedad que no tenía la mirada de «Luisa»); de sus ojos divinos que eran como dos corolas de loto en el agua oscura de un lago; como dos urnas de ensueño.

Cuando el viejo sacerdote nos bendijo, se estremeció ella ligeramente y una viva luz alumbró su cara morena.

Parecía como si su alma a través de los velos y las brumas, rectificase su crueldad anterior y reencarnase con el tácito y misterioso designio de consagrarse a mí para siempre.

Cuando bajamos, precedidos de dos niños rubios que regaban flores y que iban vestidos de trajes Luis XIV color salmón, la rústica escalinata del templo, a lo largo de la cual algunos boquiabiertos aldeanos nos contemplaban como a fantasmas, salía el sol; un amarillo y jovial sol de España.

Me parecía que ni Blanca ni yo pisábamos las gradas; éramos dos almas, nada más que dos almas que iban a vivir confundidas en aquel rayo de oro, por los siglos de los siglos.

* * *

¡Cuán gentil fue su abandono en mis brazos!, cuán confiado y cuán tierno…

Sí, aquella era otra vida. En el ánfora de mis amores había una nueva esencia.

Incipit vita nova!

¡Cuántas cosas bellas, nobles, buenas, iba yo a escribir, en la blanca página de esa alma!, ¡con cuánta delicadeza iba a cultivarla, a educarla!

Dije al principio que mi mujer no reconocía a nuestra hija, la cual, fenómeno estupendo, en su expresión, en su dulzura, en su suavidad celeste, se parecía a Blanca, no a Luisa.

Un instinto sagrado, empero, me hacía amarla. ¿No dicen los palingenésicos que a través de la vida los antiguos amores se vuelven instintos? Con frecuencia la tenía en sus brazos, la dormía en sus rodillas, la acariciaba.

Aquella mañana de «Nuestras bodas», pensé que su segundo beso debía ser para la niña: para Carmen.

La hice, pues, venir. De los brazos del ama pasó al regazo de Blanca, que, con la blandura y el mimo de siempre, la acarició.

—Llámala: «¡hija mía!» —le dije.

Se quedó mirándome con no sé qué vago estupor, que al pronto me dio miedo.

Mas luego, sumisa, repitió con una voz melodiosa, pero lejana:

—«Hija mía»… —y dio un largo beso a Carmen, que sonreía y alargaba sus manos minúsculas, acariciando a su madre el rostro, con esa adorable torpeza de los niños, cuyas almas intentan manejar el mudo instrumento de un cuerpo que se forma.

A medida que pasaban los días, después del de «nuestra boda», el carácter de Blanca se despuerilizaba, volviéndose de una más dulce gravedad.

Resolví que emprendiésemos un viaje: nuestro «segundo» viaje de novios, y por un refinamiento muy comprensible, quise hacerlo con el mismo itinerario que el primero: París, Suiza, Italia…

Dejé a Carmen en buenas manos y partí con Blanca, loca de contento a la sola idea de meterse en un tren.

—¿Estaremos mucho tiempo en el coche? —me preguntaba.

—Ya lo creo. Por lo menos un día y buena parte de la noche para ir a Madrid, después 26 horas en el sud-expreso para ir a París, y luego, horas y horas para ir a Suiza, para bajar a Italia.

—Eso, eso quiero yo, que estemos mucho tiempo.

El mundo no entraba aún —innecesario es decirlo— en la hirviente zona de la guerra… ¡del ciclón!

El mundo estaba todavía en paz.

Las grandes metrópolis vivían confiadas su vida de negocio, de placeres, de intelectualismo.

París rebosaba en júbilo, en fiebre, en luz, en vitalidad. El corazón gigantesco del planeta latía con ritmo acelerado, pero isócrono, sin el menor presentimiento de catástrofe.

Triunfaba el Tango Argentino. En la Abbaye Theleme, Chez Paillard, Chez Fisher, Chez Maxim, los buenos luises de oro se prodigaban entre canciones de Montmartre, melodías lánguidas de violines húngaros, roces de sedas, chasquear de besos.

Eran los tiempos en que el que firma esta verídica historia escribía:

«Se escuchan lejanas orquestas

Que tienen no sé qué virtud;

El bosque es un nido de fiestas…

¡oh, mi juventud!

Islotes de azul claridad,

Cascada que en blando fluir

Despeña su diafanidad;

¡dicha de vivir!

Mujeres que sólo se ven

Aquí, como cisnes, pasar,

Y prometedoras de un bien

¡que no tiene par!

Prestigio de flores de lis,

Perfume de labios en flor…

¡París, oh París, oh París,

¡invencible amor!

Blanca no recordó ni por un instante a la febril capital de las capitales. Encontraba en todo el sabor de lo nuevo. Se entregaba a la alegría de vivir, como una colegiala que acaba de dejar los tutelares muros del Sagrado Corazón y empieza su etapa mundana.

Todas las noches íbamos a un teatro distinto, mas yo tenía cuidado previamente de explicarla con los detalles apropiados el argumento de las diversas obras para que se diese cuenta de ellas, pues de sobra está decir que su conocimiento del francés había naufragado con su memoria.

Sin embargo, al terminar la pieza, solía decirme que la había comprendido perfectamente.

Merced a una cuidadosa selección de los espectáculos, iba yo educando su nueva y admirable sensibilidad. La música, sobre todo, ayudaba a ello. La gran Ópera, la Ópera cómica, los conciertos Lamoureux, hasta el propio «concert Rou», me servían a maravilla de maestros.

Por esta época empecé asimismo a proporcionarle ciertas lecturas, diáfanas, sencillas, de grandes autores…

Con qué fruición «plasmaba» yo, si cabe la palabra, aquella alma, mía, sólo mía, absolutamente mía…

Nuestro viaje por Suiza fue un éxtasis… Pero acaso el aire puro de aquellas montañas rosadas, gris-perla, violeta; la sedante placidez de aquellos lagos azules, las dulces perspectivas de aquellos paisajes de ensueño, tonificando lentamente sus nervios, aumentando sus glóbulos rojos, vigorizando su sustancia gris, produjeron pocos días después de una excursión inolvidable, los primeros destellos, los incipientes atisbos de una memoria que, ¡ay de mí!, yo ya creía escondida siempre en los laberínticos recodos del subconsciente…

Fue en Venecia, una tarde, al volver del Lido, en la Plaza de San Marcos, entre las palomas familiares.

Blanca se llevó las manos a la frente y palideció un poquito.

La conduje asustado a un café cercano de las galerías y pedí un cordial.

Me miraba sin hablar.

—¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —le preguntaba yo con ansiosa insistencia.

—Nada —respondió por fin débilmente—, una sensación muy extraña. Me ha parecido en un momento dado, con claridad como de relámpago, muy penosa, que esta plaza la había yo visto ya, contigo.

Un pavor infinito me paralizó por unos instantes el corazón y me puso frío en los huesos. Recordé mis diversas lecturas y una frase corroboradora de ellas, del sabio especialista francés:

«La amnesia, vigorizando el organismo lentamente, suele curarse también lentamente.

Los recuerdos, las imágenes, aislados y confundidos al principio como las estampas revueltas de una historia, van con blandura ordenándose, hasta que empieza la vida anterior a verse en fragmentos, y por fin en su integridad.

Si esta operación se efectuase súbitamente, produciría un trastorno mental tan profundo que podría sobrevenir la ruptura de un vaso y la enajenación irremediable o la muerte; pero si paulatinamente la memoria va atando su disperso haz, sólo produce trastornos relativos… Sin embargo -había añadido-, pues que usted desea toda la verdad, le diré que, aun así, un organismo débil pocas veces sobrevive a la recuperación total de sus recuerdos. En el caso de la esposa de usted, nada quiero vaticinar. Sólo afirmaré que su juventud es la mejor garantía».

 

No una, varias veces, con disculpable egoísmo, había yo sentido, el miedo, el pánico aquel ante la posibilidad de que «Luisa» recobrase sus potencias.

Era más que natural: la salud de «Luisa» significaría algo atroz, algo que cada vez me atrevía menos a considerar; significaría, sencillamente, la muerte de Blanca.

Mi Blanca idolatrada, el único ser que me había amado en la vida, se desvanecería para siempre, como el más sutil de los fantasmas, como el más inconsistente de los sueños. Su muerte sería más terrible que la muerte fisiológica, pues en esta aún nos queda la esperanza, la fe en una supervivencia que nos permita en otros planos de la Eterna Realidad encontrar a los que amamos…

Pero curada Luisa, ¿qué me quedaba de Blanca?

Me quedaría algo peor que un cadáver que se descompone y al fin se reduce a un poco de polvo: me quedaría un cadáver viviente, un ser que tendría el aspecto, el cuerpo, los gestos de la otra, pero que sólo sería su triste caricatura.

La malignidad escondida en los repliegues de aquel ser volvería a surgir a flor de alma. La mujer perversa que por mi bien parecía haber naufragado para ir siempre en el vórtice de la inconsciencia, me sería restituida con toda su hiel, con todas sus espinas; y la otra, la dulce, la buena, a su vez naufragaría, pero definitivamente, y de ella no quedaría ni la sombra de una sombra…

 

Capítulo 4

Con qué profundo, con qué infinito alivio la oí, pues, suspirar:

—No ha sido nada, ya estoy bien. ¿Te ha pasado a ti algo por el estilo?

—Ya lo creo —le respondí jovialmente—, es muy común. Los médicos afirman que se debe a un simple fenómeno de «duplicación», y cierto ilustre doctor y literato, amigo entrañable mío, el doctor E. Wilde, argentino, apunta a propósito de dicho fenómeno cosas muy curiosas.

—¿Qué dice, a ver, qué dice?

—Pues dice «que una escena actual suele presentarse a la mente del espectador con todos los detalles y accidentes ya conocidos de una situación pasada en que se encontró hace tiempo, y aun de una futura que va a realizarse en el momento próximo, y en la que se ve de antemano, como un recuerdo, la tercera reproducción del mismo espectáculo, sabiéndose anticipadamente lo que va a suceder…». Que se puede tener, en una palabra, la noción de un hecho como sucedido dos veces o de uno que va a repetirse inmediatamente. Dickens -continúa Wilde- describe esta sensación como muy general. Conocemos —dice en David Copperfield— por experiencia, el sentimiento que nos invade a veces de que cuanto estamos diciendo o haciendo ha sido dicho y hecho anteriormente, hace largo tiempo; que hemos estado rodeados de las mismas personas y de los mismos objetos, en las mismas circunstancias… que sabemos, en fin, perfectamente lo que se va a decir, como si lo recordáramos de repente. Los franceses llaman “Fausse reconnaissance” a esta sensación; más propio sería llamarla, según el doctor Wilde, “doble percepción”, en la cual, el mismo acontecimiento parecería haber ocurrido en dos o más épocas.

—¿Qué raro, eh? —dijo ella pensativa.

—Muy raro y muy curioso. El doctor Wilde recuerda de un estudiante de Medicina, alumno de la Salpetriere, quien, para preparar su tesis sobre el fenómeno referido (Paramesis ou fausse reconnaissance) publicó en 1897 un cuestionario de 36 artículos, con el fin de saber en qué circunstancias físicas y morales y con ocasión de qué accidentes las personas que le respondieran habían experimentado esa extraña impresión, en virtud de la cual, el mismo hecho se les había presentado como pasado y presente al propio tiempo, teniendo ellas además la clara visión de lo que iba a suceder, como si lo recordaran de golpe. Y cita a Dickens: «En un delicioso libro autobiográfico, que se intitula Aguas abajo, que el doctor Wilde está, escribiendo, dice que él mismo (en la novela él se llama Boris) era muy propenso a sentir esta impresión. Con la explicación tan detallada del caso, yo pretendía que Blanca, demasiado instruida ya para comprenderlo, gracias a mí, no se preocupara más de él, sabiendo, sobre todo, que era conocido y corriente».

—¿Y cómo la sentía?

—Pues verás, relata, por ejemplo, que en el curso de sus viajes llegó por primera vez a Nuremberg; fue a ver un castillo, y bailándose enfrente de los arcos de piedra de la puerta y del frontispicio, dijo a su acompañante: «Yo he visto antes esto; adentro, en el patio, entre las columnas de una especie de claustro, está sentada una vieja». Se abrió la puerta y en efecto había un patio, un claustro y una vieja sentada entre dos columnas.

—Qué extraordinario… —exclamó Blanca, divertida verdaderamente con mi narración, que, sin embargo, en tratándose de tales o cuales vocablos, dejaba de entender.

Hice gracia de una explicación de mi docto amigo Wilde, según el cual el hecho de la doble vista anacrónica del mismo objeto en el pasado y en el presente, depende del pasaje al sensorio común, por dos vías diferentes, de una misma percepción, alojándose primero la que llegaba antes, transmitida directamente por el nervio óptico, y después la que hubiera recorrido vías combinadas: de esta suerte la primera sería más antigua con relación a la otra.

Pero sí le referí, por curioso, lo que el mismo doctor nos recuerda de Dickens. En una de sus novelas de éste, figura un vendedor de baratijas, que ejercía su comercio en la vía pública, junto a una casa grande y solemne. Nuestro hombre, al ver entrar en la casa y salir de ella constantemente, ciertos individuos, dedujo que ellos la habitaban, y, no deteniéndose en esto, les puso nombres, los acomodó en sus diversos departamentos y les atribuyó en su fecunda imaginación costumbres determinadas.

Un día, por orden de la autoridad competente, entró en la vetusta mansión la justicia y tras de ella el público, con el vendedor aludido a la cabeza, el cual hubo de desmayarse al saber que el sujeto a quien él por tantos años había llamado míster Williams, no era tal míster Williams; que la tía Marta era miss Peggi; que el dependiente Frank no era dependiente, sino socio, y se llamaba John (no eran éstos precisamente los nombres, pero para el caso es lo mismo). En fin, que los aposentos no estaban distribuidos en la forma que él les había adjudicado, ni respondían al plan trazado en su mente, con líneas indestructibles; en resumen, el pobre diablo experimentó una desilusión completa y dolorosa, como si la destrucción de pie su fantasía había creado, fuera una desgracia.

Rió de muy buena gana Blanca la anécdota, y yo, para concluir, añadí:

—Por lo demás, hay quien pretende que algunos de estos fenómenos tienen un misterioso origen.

-¿Cuál? ¡Di cuál!

—Son recuerdos de vidas anteriores… ¡Quién sabe si tú y yo nos amamos ya en otra vida, en Venecia!

—Debimos entonces amarnos mucho, ¿verdad? —preguntó deliciosamente—, puesto que nuestro amor ha durado hasta hoy… y aun ha crecido.

Estreché su mano con ternura y echamos a andar en busca de nuestra góndola para volver al hotel.

 

Capítulo 5

Muchos días apacibles, radiosos, transcurrieron sin que el «fenómeno» volviera a producirse. Pero una tarde, en Roma, a la sazón que desembocábame la plaza de San Pedro, ante la Basílica y las imponentes columnatas del Bernino, Blanca se repegó contra mí y con un acento de verdadera angustia y desolación me dijo:

—¡Pablo, yo ya he visto esto, seguramente contigo!

Y palideció horriblemente.

—No, hija mía. Te he explicado de sobra en qué consiste tu ilusión…

—Pablo, no es ilusión. Yo he visto esto… yo he estado aquí.

Y después de un momento de estupor:

—¡Quién soy yo, Pablo! Tengo miedo… ¡Quién soy yo!

No quise ya dar un paso más, y, desolado, hube de llevarla a nuestro coche que nos aguardaba cerca, y regresé con ella al hotel.

Después de aquel relámpago de lucidez, se quedó entontecida, muda, absorta y no pronunció una palabra más.

Temblaba de frío. Con ayuda de la doncella la metí en su cama, la arropé bien, pedí un cordial, que no logró reanimarla, y me senté tristemente al lado de su lecho, sumergido en tristes reflexiones.

¿Qué debía yo desear?

En mi egoísmo, casi me hubiera alegrado de que aquellos comienzos de lozanía remitiesen, y con la debilidad y la anterior languidez, mi Blanca siguiese existiendo y no asomara, entre relámpagos de horrible lucidez, la Luisa torturadora, junto a la cual mi vida había sido pasión perpetua…

El dilema era pavoroso: o con la salud tornaba «la otra», o con la amnesia y la progresiva languidez, mi Blanca iría consumiéndose.

¿Pero acaso no era mejor esto que su desvanecimiento irremediable para ceder su puesto a Luisa?

A lo menos ahora moría amándome, dejándome el más santo y perfumado recuerdo, mientras que de la otra suerte la sustituiría lentamente la torva mujer que había hecho mi desgracia, y su perversidad acabaría acaso por empañar la sublime imagen del ángel que embelesaba mis días.

Después de una hora larga de tortura interior al borde del lecho en que Blanca dormía con sueño intranquilo, sacudida de vez en cuando por ligeros estremecimientos nerviosos, una doliente y rendida resignación fue invadiendo mi espíritu.

En suma, Él sabe bien lo que hace: para acrisolarme quiso que encontrara y amara yo a Luisa; pero como hasta en lo que parece más inexorable de sus decretos hay (¡es Padre al fin!) un fondo de piedad, habíame otorgado a raíz de un accidente que parecía mortal de necesidad, la merced, incomparable de una mujer angélica, surgida milagrosamente de la otra.

Así, el ser que más mal me había hecho, hacíame ahora el máximo bien. Las caricias que la hosquedad de Luisa me negara, Blanca me las restituía santamente…

Si Él estimaba en su inescrutable justicia distributiva, que mi paga había sido por ahora bastante y que era preciso ofrecer nuevo tributo al dolor, ¡que se cumpliese su voluntad divina!

Deus dedit, Deus abstulit.

Y recordaba las admirables palabras de Epícteto:

«En cualquier accidente que te acaezca, no digas nunca: “He perdido tal o cual objeto”; di más bien: “Lo he devuelto”. ¿Acaba de morir tu hijo?: “Fue devuelto”. ¿Ha muerto tu mujer?: “Fue devuelta”. “Me han despojado de mi herencia”, dices. Pues bien; tu herencia también ha sido devuelta. “Pero el que me ha despojado es un mal hombre”. ¿Y qué te importan las manos por las cuales tu heredad vuelve a Aquél de quien tú la tenías y que la reclama? Mientras que te la confía, mírala como bien de otro y ten cuidado de ella como los viajeros tienen cuidado de la fonda en que se alojan».

 

Capítulo 6

Después de una noche más tranquila, mi mujer dio signos de despertar.

El miedo me sobrecogió de nuevo. ¿Quién iba a volver a la luz, Luisa o Blanca?

Pero una blanda sonrisa me tranquilizó: era Blanca sin duda, que, mimosa, enredaba sus brazos a mi cuello y me besaba, con aquel beso fervoroso de siempre.

Ninguna huella quedaba en su rostro de la crisis de la víspera.

Sus primeras palabras fueron afectuosas y dulces como de costumbre.

Yo había ya tomado una resolución: no más Italia. No volvería a ver con ella cuidad ni comarca ninguna que Luisa y yo hubiésemos visto juntos. Embarcaríamos en Nápoles con rumbo a Barcelona.

Al día siguiente estábamos en el Hotel de Santa Lucía de Nápoles.

Recordé las horas pasadas en mi «primer viaje de bodas» por la bahía de ensueño; nuestras excursiones a la gruta azul, a Pompeya… a Pompeya sobre todo. Luisa me había echado a perder mis éxtasis en las calles solitarias de la ciudad única. Ni entendía nada de aquello ni podía sentir la imperiosa evocación del pasado.

En vano me afanaba yo por reconstruirle la vida romana. Bostezaba, se impacientaba, y acabó por insistir en que volviésemos a Nápoles, temprano «para tomar el té» con una amiga que la aguardaba en el hall del hotel.

Acaso Blanca, con su sencillez afectuosa, con su simplicidad, fuese mejor compañera de ensoñaciones que «la otra». No sabía de historia más que lo que yo le desmigajaba, pero sabría en cambio callar y acompañarme plácidamente por las vías milenarias.

No me atreví sin embargo a intentar la excursión, por miedo a una nueva desgarradura del pasado y preparé nuestro embarque en el vapor italiano que regresaba a Barcelona.

La naturaleza me ayudaba en mi propósito. Una lluvia persistente volvía grises y monótonos todos los paisajes, todas las perspectivas.

Ya en el Mediterráneo lució empero el sol y el cielo se volvió de una incomparable limpidez.

Azul y manso se mostró el mar. Parecíamos navegar a través de un ensueño de turquesas.

La travesía fue un encanto. El vapor se detuvo en Génova, la marmórea, y en la vivaz y alegre Marsella.

El panorama de las costas de Francia era por todo extremo embelesador.

Pasábamos las horas muertas Blanca y yo junto a la borda.

Yo le leía narraciones sencillas y hermosas.

¡Me parecía tan feliz! Y la sentía con regocijo de todas mis entrañas y de todo mi espíritu, ¡tan mía!

En las pocas noches que pasamos a bordo, la luna unió su magia a toda la magia que nos circundaba.

Una excelente orquesta tocaba en el gran salón y después, como el ambiente era tibio, sobre cubierta.

Las mujeres vestían trajes claros y vaporosos.

Blanca y yo íbamos a buscar nuestro sitio predilecto, hacia popa, y en cierto rinconcito, permanecíamos silenciosos, inadvertidos, con una de sus manos en una de las mías.

La música nos llegaba de lejos y sus melodías se juntaban a la cadencia leve de las olas.

No recuerdo de noches tan felices, en recogimiento mayor y más completo éxtasis.

Pensé muchas veces que fuese cual fuese en adelante mi destino, yo ya no tenía el derecho de quejarme.

El ánfora de mi alma había sido colmada de esencia.

Un piadoso e invisible Ganímedes echaba en mi crátera, hasta verterlo, el más generoso de sus vinos.

Sentía yo ya que el alma de Blanca, en un inalterable y celeste reposo, se identificaba con la mía.

¿El alma de Blanca?

Sí, el alma de Blanca, que era al propio tiempo, el alma de Luisa, purificada por el amor que ésta no había acertado a sentir…

Un espíritu harto apegado a las mezquindades de la vida, por misericordioso decreto supremo se había dormido en los senos de la Amnesia, y despertado había desnudo ya de toda su miseria, lavado ya de toda su vileza…

¿Para siempre?

Quién sabe, ¡pero a qué temer!

¿Aquellas horas no valían, por ventura, la eternidad?

El éxtasis, ¿no es la evasión por excelencia de las redes del tiempo y del espacio?

Los bienaventurados no son felices durante toda la eternidad, según nuestra expresión oscura, que atribuye al no-tiempo duración.

De Dios ha dicho Santo Tomás de Aquino que es un Acto Puro. Su contemplación es también un acto: no una sucesión de actos que pudiesen estar medidos por instantes, por días, años, siglos o milenarios.

Una vez que el alma escapa a los sentidos (y en vida suele escapar por medio del éxtasis) el tiempo deja de estar en su plano. Su ser es algo distinto de la sucesión y de la duración. Nosotros aquí nos imaginamos contar su bienaventuranza al compás de nuestros relojes…, pero ella es la manumisa y no cae ya bajo esa férula…

Por los siglos de los siglos evolucionarán los universos, mas las almas emancipadas siempre se hallan en el mismo instante, indivisible y sin duración. Y aún él siempre sobra aquí. Basta decir están, o mejor acaso, son.

Los grandes amores tienen la noción inexpresable de estas cosas y yo la tenía y de seguro la tenía Blanca a mi lado.

Al volver al plano de la duración, uníamos los dos cabos sueltos de tiempo y nos dábamos cuenta de las horas transcurridas. Con la mirada vaga y los pies poco firmes, como el niño que se ha quedado traspuesto en un sillón y a quien se lleva a la cama, descendíamos casi automáticamente a nuestros camarotes, donde un sueño blando sustituía al blando éxtasis.

¡Con qué tristeza volví a pisar tierra en Barcelona! Era el final de un corto ensueño. ¿Corto? ¡No!, de un ensueño en que habíamos aprisionado toda la eternidad.

 

Capítulo 7

¿Recordaréis que os hablé al principio de amigos piadosos que, cuando resolví casarme con Luisa intentaron disuadirme, porque la conocían y trataban, y conociéndola y tratándola sabían que corría yo con ella al abismo?

Pues uno de estos benévolos amigos dio de manos a boca con nosotros en el paseo de Gracia, pocas horas después del desembarco.

En cuanto nos vio se dirigió rápido a saludarnos y yo no tuve tiempo de prevenirlo acerca de la metamorfosis de mi esposa.

La escena fue por todo extremo pintoresca.

—Hola, Pablo. Hola, Luisa —exclamó.

«Luisa» se quedó inmóvil.

Yo estreché la mano de mi amigo y guiñé un ojo, guiño absolutamente inútil como ustedes comprenderán.

Insistió él en saludar a mi mujer, quien extendió al fin la diestra, que él besó, no sin cierto azoramiento.

—Está usted un poquito desmejorada —observó el intruso—. ¿Ha estado enferma?

—¿Pero quién es este caballero? —preguntó ella ingenuamente.

—¡Cómo!, no me recuerda usted… ¡Parece mentira! Y pensar que era yo visita obligada los lunes y que he comido tantas veces en su casa…

«Luisa» me miró con un desconcierto tal que tuve miedo de una nueva crisis, y comprendiendo la urgencia de cortar por lo sano, recurrí a un medio.

—Un parecido probablemente excepcional —insinué—, ha hecho que usted confunda a mi mujer con alguna persona que usted conoce…

—¡Pero, Pablo!

—Mi mujer —añadí imperturbable— se llama Blanca y no Luisa, y seguramente no ha visto a usted nunca.

Mi amigo abrió los ojos desmesuradamente. Yo repetí un guiño que no advirtió en su estupor, y concluí:

—Hay parecidos así, y el caso nada tiene de extraordinario. Está usted disculpado, caballero. Muy buenos días.

Y cogiendo a Blanca por el brazo le dejé plantado en medio de la acera.

No le he vuelto a ver más, pero seguramente no cabe negarle el derecho que tiene a pensar que mi mujer y yo éramos o unos malcriados llenos de humo, o unos farsantes, o unos mentecatos.

—¿Has visto cosa igual? —me preguntaba Blanca después—. Pero tú parecías conocerle…

—No, por cierto. Como me saludaba con tanta amabilidad, le tendí la mano, pero ignoro quién es: debes parecerte extraordinariamente a una amiga suya…

Y cambié de conversación, muy satisfecho en el fondo, después de las angustias de Italia, de que mi Blanca no recordase…

¿Estaría salvada?

 

Capítulo 8

Volvimos a nuestro rinconcito campestre, a nuestra quinta llena de árboles y flores, y en el momento en que el ama ponía a Carmen (que tendía los brazos a su madre) en el regazo de Blanca, «la otra» se manifestó repentinamente con irrupción patética, trágica…

¿Fue sólo la emoción del encuentro? ¿Fue el recuerdo, por el instinto reforzado?

—¡Hija! ¡Hija mía! —gritó con acentos guturales «Luisa», y cubrió de besos nerviosos a la niña, sollozando con tal ímpetu, que Carmen, asustada, se echó a llorar.

El ama de llaves, el ama de cría y yo presenciábamos la escena.

Mi mujer, volviéndose a mí y mirándome con una fijeza que me hizo daño, exclamó:

—¡Pablo!

Y en el acento con que pronunció mi nombre, comprendí que ya no era Blanca, sino Luisa quien me llamaba: Luisa que me reconocía.

Las frases siguientes no me dejaron lugar a duda, después de mirar a todos lados:

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó.

No supe qué responderle.

—¿Por qué estoy aquí? —insistió impaciente—. ¿Qué jardín, qué árboles son éstos?… Vamos, habla, ¿por qué no respondes?

—No se impaciente la señora —dijo el ama, a tiempo que procuraba retirar a Carmen de entre aquellos brazos—. La señora ha estado enferma, muy enferma, y han traído aquí a convalecer…

—¿Y de qué he estado enferma?

—A consecuencia de su alumbramiento…

—¡Hija mía! —prorrumpió de nuevo, y atrajo otra vez la niña a su pecho.

¿Lo creeréis? Hasta la expresión de sus ojos, hasta el tono de su voz, habían cambiado.

Como si una máscara de dulzura cayera de pronto, sus facciones recobraban, sobre todo al verme, la dureza habitual…

Salí de la habitación, fui a telefonear al viejo médico, que vino en seguida, y mientras la asistía y procuraba calmar la tremenda excitación nerviosa que siguió a la brusca e impensada recuperación de su memoria, yo, triste hasta la muerte, me fui a refugiar a uno de los bancos de piedra, a la sombra de un frondoso árbol en el jardín.

La sensación de algo irremediable y fatal me subía del corazón a la garganta.

Una aplastante seguridad interior me decía que Blanca se había desvanecido para siempre, y como esta seguridad era intolerable, traté de combatirla, de aniquilarla con toda mi filosofía.

Blanca, es decir, aquella modalidad del espíritu de Luisa, ¿estaba de veras perdida sin remedio?

No. Porque acaso lo mejor de esa alma, era una zona ignorada de conciencia, era el ángel verdadero que hasta el más vil de los hombres lleva aprisionado en su interior, era el huésped divino que en nosotros habita, el sublime desterrado que a veces sacude gimiendo, en el fondo más íntimo de nuestro yo, sus pesadas cadenas.

¿Y no es por ventura aquello mejor que hay en nosotros, aquello que denuncia la gema labrada acaso en milenarios, lo que por fuerza ha de sobrevivirnos?

¿No es lo óptimo del ser lo que permanece después de ese cambio que llamamos Muerte?

Cuando se deshiciese en el sepulcro aquel cuerpo en el cual, como en un templo purificado por el dolor, se había revelado la verdadera diosa: mi Blanca incomparable, no sería la vana, la veleidosa, la irritable, la maligna Luisa quien sobreviviese invisible, sino el alma inmaculada, cristalina, simple, toda amor, toda ternura que se me mostró después…

Vino el doctor en esto a interrumpir mis reflexiones.

—Amigo mío —me dijo— su esposa se nos pone mala… La crisis ha sido demasiado aguda, demasiado repentina.

—¿Se nos muere, doctor?

—¡No tanto! Hay juventud, lucharemos.

—Dígame la verdad, doctor. Usted conoce la firmeza de mi carácter y no debe ocultarme nada.

—Pues bien, sí… pobre amigo mío: ¡se nos muere!

«Mejor es así», pensé, aunque profundamente emocionado. Si la otra no había de volver a mirarme, a sonreírme, a amarme… mejor es así.

Y con firme paso, me dirigí a la alcoba en que estaba mi esposa, tendida en el lecho.

Al llegar, sus grandes ojos negros me miraron con fijeza, pero no pareció ya reconocerme. Llenos estaban aquellos ojos de extravío y de sombra.

Toda la noche agonizó: yo no me apartaba ni un instante de su lado.

Al amanecer su lividez me dio miedo.

Toqué sus manos. Empezaban a enfriarse. No había hecho ningún movimiento.

El estertor comenzaba ríspido a resonar en la estancia.

¿Se iba a ir pues, para siempre, sin una palabra, sin una mirada, sin un gesto de ternura que me denunciasen a Blanca, que me revelasen que Blanca me amaba aún, antes de perderse en el mar sin orillas?

Apreté con desesperación sus manos heladas y con un fervor inmenso pedí a lo Desconocido, que aquella alma no se alejase sin renovar definitivamente su pacto de amor.

Mi oración llegó a la entraña de lo invisible.

Después de algunos minutos en que seguía yo oprimiendo con fuerza aquellas manos y sollozando de rodillas al borde del lecho, la moribunda abrió los ojos.

Mi corazón, mi cuerpo todo, se estremeció al reconocer la mirada dulcísima, tierna, inconfundible de Blanca…

Temí sin embargo equivocarme y esperé con infinita angustia que se abriesen aquellos labios descoloridos, que iba ya a sellar la eternidad.

—Pablo, mi Pablo —pronunció dulcemente.

—¿Me quieres? —le pregunté exabrupto, con miedo de que el hielo definitivo congelase sus palabras—. ¿Eres siempre mi «Blanca», la «Blanca» de mi corazón?

—Siempre tu Blanca —me respondió sonriendo, con su expresión extática—: siempre, si… em… pre.

Y expiró.

 

* * *

Cae la tarde.

Estoy en Biarritz, en lo alto de la Côte des Basques, frente al mar.

La puesta del sol ha sido imponente, como suelen serlo en aquellas encantadas playas.

Han pasado diez años.

Soy un cuarentón huraño, estudioso, y vivo consagrado a mi Carmen que casi es ya una tobillera, esbelta, de piernas largas y ágiles, de rostro moreno, de inmensos ojos claros.

Ahora juega cerca de mí, con un gran perro de policía de pelambre oscuro, requemado en la cola y en las patas.

Con frecuencia se acerca a la gran poltrona de mimbre en que yo reposo mirando el mar, el cielo, las montañas, desde la sonriente terraza de nuestra villa y me da un beso.

Después desciende la escalinata y retoza con su perro sobre los céspedes del jardín.

La miro, como la he mirado siempre, sin cesar, desde que su madre se alejó, y advierto con infinita complacencia lo que ya por lo demás me sé de sobra; que en todo, en su carácter, en sus modales, en su placidez, en su aspecto dulce, bondadoso y sencillo, ha heredado a Blanca.

Nunca Luisa ha asomado por las ingenuas ventanas de sus ojos.

Bendigo a Dios, que así como en el instante definitivo de aquella agonía me restituyó al ángel por su bondad encontrado, para que ungiese mi alma de consuelo y de esperanza, antes de abrir las alas, así también ha querido que en mi Antígona reviviese maravillosamente todo lo óptimo de aquel ser excelso arrebatado por la muerte.

Siento que para los dolores de los hombres hay una gran Piedad alerta, avizora y materna, que sabe restañar las más anchas heridas.

Pienso que todo está bien.

Alzo los ojos y tropiezo con la primera estrella, que, como una corroboración misteriosa de mis pensamientos me regala desde los abismos infinitos, su tembloroso beso de luz.